Estrategia de inversión
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Los mercados descuentan un temor conocido: la volatilidad de los precios del petróleo, condicionada por la evolución del conflicto en Irán. La incertidumbre pesa sobre los inversionistas y lleva a muchos a volver instintivamente a la receta de siempre: comprar acciones de energía y consumo básico.
Es una reacción conocida cada vez que el riesgo geopolítico sacude a los mercados. Sin embargo, este ciclo es distinto a los anteriores, sobre todo si el conflicto pierde intensidad. Las expectativas de crecimiento de las utilidades y la limitada exposición a la volatilidad de los precios de la energía apuntan a una estrategia defensiva más discreta, pero también más atractiva: los sectores de servicios públicos y salud. Con valuaciones relativamente bajas, pueden ofrecer una posición más defensiva cuando el mercado accionario toque fondo.
Existe una lógica ampliamente aceptada: cuando sube el precio del petróleo, las acciones del sector energético se valorizan. Cuando aumentan los temores sobre el crecimiento económico, las empresas de consumo básico ofrecen refugio. Se trata de bienes que los consumidores seguirán necesitando independientemente de las condiciones económicas: lo esencial. Aunque este enfoque está profundamente arraigado, parece estar empezando a quedarse atrás.
Durante gran parte de 2022, la energía fue el único componente del S&P 500 con desempeño positivo. Sin embargo, una vez que las bolsas tocaron fondo, los inversionistas se alejaron y volcaron hacia otros sectores. En 2026 se repite un patrón parecido. La preocupación por una fase más madura del ciclo económico, una inflación persistente y la posibilidad de tasas de interés más altas vuelve a impulsar la demanda de acciones energéticas. De hecho, ya acumulan un alza de 36% en el primer trimestre del año y de casi 10% desde que comenzó el conflicto en Irán.
Sin embargo, aunque las acciones de energía y de consumo básico suelen beneficiarse de la percepción de un mayor riesgo inflacionario, ambas están expuestas directamente al conflicto en Irán: unas, a través de los precios de las materias primas; las otras, a través del costo de los insumos. Esa diferencia cobra especial importancia si las tensiones se intensifican o continúan sin resolverse.
¿Por qué asumir una mayor exposición a un impacto petrolero cuando existen alternativas que permiten mantenerse al margen?
Hay otros sectores con características defensivas y perspectivas de crecimiento de largo plazo. La demanda de servicios de salud, por ejemplo, prácticamente no depende de los precios de los combustibles y se mantiene relativamente ajena al ciclo económico. Además, la innovación continúa, las perspectivas de utilidades cuentan con el respaldo de factores demográficos —más que del gasto discrecional— y la capacidad de fijación de precios ha demostrado ser resiliente a lo largo de distintos ciclos.
Por su parte, el sector de servicios públicos se ha beneficiado de las inversiones en redes eléctricas, la electrificación y la creciente demanda de los centros de datos. Las necesidades energéticas de las empresas tecnológicas no han desaparecido. Tal vez por eso, pese a su retroceso en lo que va de año, las acciones del sector han caído menos de la mitad que las de consumo básico. Además, ante un aumento en los precios del petróleo, estas compañías conservan la flexibilidad de sustituirlo por gas natural cuando resulta económicamente conveniente.
Aun así, los sectores tradicionalmente defensivos de salud y servicios públicos continúan cotizando en línea con el sentimiento general del mercado, pese a que sus estimaciones de crecimiento de utilidades superan las de sus contrapartes dentro de la estrategia inflacionaria tradicional.
No basta con contar con una historia convincente de crecimiento de utilidades. Las valuaciones también deben resultar atractivas en relación con ese potencial. Y, si además existe un catalizador que aún no se refleja en el precio, mejor todavía.
Las valuaciones de las empresas de petróleo y gas se sitúan muy por encima de sus promedios de largo plazo, respaldadas por años de disciplina de capital y políticas favorables para los accionistas. Con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado y, por tanto, con una parte importante de la oferta atrapada, la presión sobre los precios del petróleo aumenta de manera desproporcionada. Como es natural, las expectativas de utilidades reflejan el impacto de cotizaciones internacionales más altas.
Pero la lógica funciona también en sentido contrario. Una desescalada del conflicto y la consecuente caída de los precios del petróleo podrían dar lugar a revisiones a la baja en las expectativas de utilidades. Vale la pena recordar que la curva de futuros del crudo continúa anticipando precios inferiores a 80 dólares por barril para la segunda mitad del año.
El sector de consumo básico enfrenta una situación similar. Durante años fue el refugio por excelencia, pero hoy afronta presión sobre los márgenes debido al persistente aumento de los costos de los insumos, una menor capacidad para trasladar esos aumentos a precios y un consumidor cada vez más sensible al valor. A ello se suman expectativas de crecimiento de utilidades inferiores al promedio y valuaciones elevadas frente a sus niveles históricos.
En tiempos de crisis geopolítica, es común que el sentimiento del mercado reaccione de manera desproporcionada frente a los fundamentos. Y no se trata únicamente de una historia del S&P 500. Si se busca identificar qué regiones podrían estar mejor posicionadas para una recuperación, conviene mirar hacia América Latina.
A pesar de su resiliencia macroeconómica, una inflación estable, la consolidación fiscal, la externalización cercana y la independencia energética, el Índice MSCI de Mercados Emergentes de América Latina ha caído más de 12% desde el inicio del conflicto en Irán. El descuento de valuación responde menos a un deterioro de los fundamentos y más a una mayor prima de riesgo y a la depreciación cambiaria asignadas a la región. Sin embargo, aun cuando las utilidades continúan revisándose al alza, América Latina ha sufrido una caída impulsada principalmente por el sentimiento, lo que podría sentar las bases para una recuperación una vez que el conflicto se resuelva.
A esto se suman las valuaciones. El índice cotiza a un múltiplo adelantado de aproximadamente 10,2 veces, lo que no solo resulta atractivo frente a sus pares, sino también respecto de su propio promedio histórico, cercano a 11,5 veces. Frente al conjunto de mercados emergentes, cotiza con un descuento aproximado de 51%, la mayor brecha de valuación de los últimos 20 años. Incluso Europa, mucho más expuesta a las consecuencias de un alza en los precios de la energía y con una recuperación previsiblemente más lenta, cotiza con una prima superior.
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