La globalización se ha vuelto cada vez más geopolítica. Sí, la eficiencia sigue siendo relevante, pero la seguridad y la alineación estratégica están teniendo un peso creciente en la toma de decisiones. A finales del siglo XX, la producción se trasladó a destinos de menor costo, las cadenas de suministro se expandieron a escala mundial y el capital se concentró en polos manufactureros. Estos cambios impulsaron la integración: entre 1970 y 2009, el comercio pasó de representar el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) a casi el 60%1. Si bien los niveles siguen siendo elevados, la estructura que lo sustenta está en transformación.
A esta etapa la llamamos fragmentación, ya que no supone un retroceso del comercio, sino una reorganización en torno a bloques regionales. Para mitigar el riesgo geopolítico, gobiernos y empresas están repatriando actividades estratégicas (reshoring) o las están trasladando a países cercanos (nearshoring). Al mismo tiempo, acortan las cadenas de suministro, diversifican proveedores y priorizan socios con afinidad política e institucional.
En este contexto, decisiones recientes de Estados Unidos —desde su política hacia Venezuela hasta un tono más firme con Colombia, México y Cuba— reflejan la intención de reforzar su influencia en el hemisferio occidental y asegurar corredores energéticos y comerciales. Economía y geopolítica avanzan ahora de forma coordinada, en línea con la iniciativa de Seguridad y Resiliencia de J.P. Morgan (dotada con 1,5 billones de dólares), que contempla hasta 10 mil millones en inversiones directas2 en sectores estratégicos como infraestructura, manufactura avanzada, sistemas digitales y redes energéticas. Para América Latina, la proximidad a Estados Unidos y abundancia de materiales críticos y otros recursos naturales la sitúan en una posición central dentro de esta nueva configuración productiva.
En la práctica, este cambio se articula en tres dinámicas: alineación regional a través del nearshoring y reshoring, defensa nacional y ciberseguridad como pilares de la estrategia industrial y seguridad energética como base de la economía digital.
1. Alineación regional: el nearshoring y reshoring reconfiguran el comercio
No implica una reducción de los flujos comerciales, sino su redirección: la producción se está trasladando de los mercados finales y de países aliados. En el último año, Estados Unidos ha utilizado aranceles selectivos y otros instrumentos para incentivar la inversión dentro de su territorio y hacia socios considerados estratégicos. El resultado es una modificación de la exposición comercial y mayor atención a la localización de las cadenas de suministro.
La magnitud de este reequilibrio se observa con especial claridad en la relación entre Estados Unidos y China. En 2017, China concentraba el 22% de las importaciones estadounidenses; hoy esa proporción se ha reducido a aproximadamente el 12%3. Este ajuste no refleja una contracción del comercio, sino una estrategia deliberada para diversificar riesgos y disminuir la dependencia de cadenas de suministro altamente concentradas.
Los aranceles han sido un instrumento central en este proceso. A cierre de 2025, la tasa efectiva promedio entre los países miembros del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) se situaba en 3,8%, frente al 24,1% aplicado a economías como China, India e Indonesia4. Incluso con la entrada en vigor de los gravámenes contemplados en la sección 122, México y otros socios latinoamericanos mantienen una ventaja estructural frente a otras regiones, lo que refuerza los incentivos para producir dentro del bloque.