Estrategia de inversión
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Tras un período en el que el efectivo ofrecía seguridad e ingresos, el entorno para la gestión de la liquidez está cambiando. En 2022 y 2023, el ciclo de endurecimiento de la Reserva Federal elevó de forma excepcional los rendimientos de corto plazo. No obstante, con el giro en la orientación de la política monetaria, el atractivo de mantener niveles elevados de efectivo comienza a perder fuerza.
En los últimos años, muchos consideraron razonable mantener altos niveles de liquidez. El rápido ciclo de tasas al alza de la Reserva Federal llevó los rendimientos de corto plazo por encima del 5%, lo que hizo del efectivo una asignación cómoda y, en apariencia, prudente. Esta inclinación se reforzó tras la experiencia de 2022, cuando la volatilidad en la renta fija dejó a numerosos inversionistas reacios a reincorporarse al mercado.
Más recientemente, con el inicio del proceso de flexibilización monetaria, los rendimientos del efectivo han descendido de forma sostenida hasta situarse en torno al 3,6%, y el mercado ya anticipa recortes adicionales en 2026. Nuestro escenario base contempla incluso al menos uno más.
Durante un tiempo, los inversionistas se sintieron cómodos permaneciendo al margen, en efectivo, mientras la curva de rendimientos se mantenía plana o invertida, dado que ofrecía pocos incentivos para asumir mayor riesgo o extender la duración. Ese escenario ha cambiado. Desde comienzos de 2024, la curva en Estados Unidos se ha empinado de forma significativa y los rendimientos de grado de inversión a plazos intermedios ofrecen ahora una mejora clara frente al efectivo.
La brecha entre las tasas del efectivo y los rendimientos de los bonos de grado de inversión a cinco años es significativa, y la configuración actual de la curva favorece a quienes deciden extender la duración de manera moderada.
El efectivo suele percibirse como un refugio seguro o una fuente de ingresos; sin embargo, la inflación introduce un costo oculto. Cuando supera los rendimientos, el valor real del efectivo disminuye, erosiona el poder adquisitivo y dificulta el cumplimiento de los objetivos financieros de largo plazo.
La evidencia histórica muestra que una asignación multiactivo tiende a generar mejores resultados cuando la inversión se realiza de forma inmediata, en lugar de implementarse gradualmente. Por ejemplo, invertir desde el inicio produjo un retorno anualizado del 8,3%, frente al 4,2% de mantener los recursos en efectivo. Incluso las estrategias de inversión escalonada superaron esa alternativa, aunque ninguna igualó el desempeño de invertir todo de una sola vez.
Permanecer en efectivo no solo implica renunciar a retornos potencialmente mayores, sino también asumir el riesgo de quedar rezagado frente a la inflación y otras clases de activos.
Los cambios recientes en el entorno de tasas de interés han redefinido las compensaciones entre mantener efectivo y otros instrumentos de renta fija. Las expectativas de una flexibilización gradual, junto con una curva de rendimientos que ofrece mayor compensación a plazos moderadamente más largos, han reducido el protagonismo del efectivo frente a etapas anteriores. Al mismo tiempo, la próxima transición en el liderazgo de la Reserva Federal añade incertidumbre sobre el rumbo futuro. En conjunto, estos factores apuntan a un nuevo equilibrio entre liquidez, rendimiento y riesgo, distinto al observado cuando las tasas de corto plazo alcanzaron su punto máximo.
En este contexto, el tramo corto de la curva de renta fija ha cobrado mayor relevancia en la construcción de las carteras. Los bonos de vencimiento más cortos suelen mostrar menor sensibilidad a los movimientos de tasas e, históricamente, han ofrecido niveles de ingresos superiores al efectivo sin necesidad de asumir plazos más largos. Por ello, en un entorno de ajuste, este segmento adquiere un papel más destacado en la gestión de liquidez y generación de ingresos.
El principal riesgo en esta transición es la ampliación de los diferenciales de crédito. Un repunte de la volatilidad podría reducir la ventaja de rendimiento del crédito frente al efectivo y restringir la liquidez para quienes necesiten deshacer posiciones. Las estrategias de tasa flotante y de corta duración mitigan el riesgo de duración, aunque no capturan la apreciación de capital que podría producirse ante una caída pronunciada de las tasas. Existe, además, el riesgo de sobrerreaccionar: extenderse en exceso a lo largo de la curva o asumir menor calidad crediticia en busca de mayor rendimiento, para luego verse afectados por un giro del ciclo. La disciplina exige diversificar, evitar concentraciones y preservar la flexibilidad para ajustar la asignación a medida que evolucionen las condiciones.
A medida que el entorno de tasas evoluciona, las carteras pueden requerir ajustes para adaptarse a nuevas condiciones. Los datos y los supuestos prospectivos sugieren que el costo de oportunidad de mantener niveles elevados de efectivo está aumentando, lo que refuerza la conveniencia de adoptar un enfoque más equilibrado en la asignación a renta fija.
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