Estrategia de inversión
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Los mercados privados de América Latina se encuentran en un punto de inflexión, impulsados por cambios estructurales y nuevas oportunidades. La narrativa ya no se centra exclusivamente en la extracción de recursos, sino en la convergencia entre capital, innovación y capacidad local como motores de nuevas fuentes de crecimiento.
Este momento cobra especial relevancia porque los grandes ejes que moldean el panorama global de la inversión —la inteligencia artificial (IA), la transición energética y la búsqueda de mayor resiliencia en las carteras— irrumpen con fuerza en los mercados privados latinoamericanos/ Se avecina una nueva ola de disrupción liderada por la IA, donde el próximo salto en crecimiento pasa por desbloquear cuellos de botella estructurales en energía, capacidad eléctrica e infraestructura digital, al tiempo que se genera valor real mediante la integración de aplicaciones avanzadas.
Al mismo tiempo, la transición energética continúa acelerándose, con flujos de capital dirigidos a energías renovables, modernización de redes y eficiencia en el uso de los recursos. Estas dinámicas resultan especialmente relevantes para América Latina, donde la diversificación sectorial, crecimiento del capital local y enfoque más sofisticado de la creación de valor están redefiniendo el panorama del capital privado.
Si bien las materias primas siguen siendo un pilar en la economía de la región, el capital privado—participaciones directas en empresas que no cotizan en mercados públicos—constituye otro ámbito relevante dentro del panorama de inversiones. Los activos alternativos suelen formar parte de las conversaciones sobre la construcción de carteras, junto con las clases de activos tradicionales.
El enfoque tradicional de diversificación resulta menos eficaz en un entorno caracterizado por una elevada concentración de mercado, diferenciales de crédito ajustados y riesgos macroeconómicos cambiantes. En este contexto, consideramos al capital privado como un motor de retornos diferenciados y de innovación, respaldado por un sólido crecimiento de las utilidades, repunte de la actividad de fusiones y adquisiciones, y renovado foco en la mejora operativa.
La evolución de América Latina sigue la tendencia global hacia mercados privados más robustos. Las empresas permanecen privadas por más tiempo y una mayor parte de la creación de valor ocurre antes de llegar a los mercados públicos.
Una señal clara de este cambio es la mayor edad de las compañías al salir a bolsa. Hoy, la mediana de las empresas tecnológicas en su Oferta Pública Inicial (OPI) ronda los 14–15 años, frente a los 6-8 años de los noventa. Esto muestra que el proceso de maduración, desarrollo operativo y perfeccionamiento del modelo de negocio ocurre principalmente en el ámbito privado.
Para los inversionistas, la implicación es directa: si las empresas acceden a los mercados públicos en etapas más avanzadas, gran parte del valor ya se ha generado en el mercado privado. Acceder al crecimiento de largo plazo, especialmente en sectores de rápida evolución tecnológica, exige cada vez más exposición a mercados privados.
Esta dinámica es global, pero en América Latina cobra especial relevancia. Los mercados públicos de renta variable son poco profundos y con representación sectorial limitada, lo que restringe el acceso a segmentos dinámicos de la economía. El capital privado permite invertir en etapas tempranas, influir en la gobernanza y capturar valor que puede no materializarse en los mercados públicos.
En la región, la alta prevalencia de empresas familiares refuerza esta tendencia: el capital privado apoya la profesionalización, la planificación sucesoria y la expansión regional. En conjunto, estos factores posicionan al capital privado como motor clave de creación de valor en un entorno corporativo en transformación.
Las materias primas siguen siendo un pilar fundamental de la economía de América Latina. La minería, agricultura y energía continúan atrayendo capital privado, en particular en países como Brasil, Chile y Perú, que se han visto respaldados por ciertas dinámicas globales como la demanda sostenida de minerales críticos, la seguridad alimentaria y otros insumos vinculados a la transición energética. Estos sectores ofrecen un grado relevante de visibilidad de utilidades y protección a la baja basada en activos --atributos que los inversionistas valoran en gran medida.
Sin embargo, la oportunidad en capital privado en América Latina ya no se define únicamente por los recursos naturales. Lo que ha cambiado es la amplitud de los sectores en los que se puede invertir y la naturaleza de la creación de valor. Cada vez más, se orienta hacia empresas situadas en la intersección entre el crecimiento de la demanda interna, adopción tecnológica e ineficiencias operativas, ámbitos en los que la propiedad activa puede transformar de manera significativa los resultados.
Este cambio refleja un reconocimiento más amplio de los inversionistas de que, si bien las materias primas continúan anclando a la región, el crecimiento estructural proviene cada vez más de los servicios, tecnología e infraestructura vinculada a mejoras de la productividad –y no tanto de la mera extracción.
Las empresas tecnológicas se han consolidado como motores clave del capital privado y de riesgo en América Latina, con los servicios financieros en el centro de esta transformación. El sector fintech destaca no solo por su innovación, sino por ubicarse en la intersección de una alta demanda insatisfecha, rápida adopción digital y modelos de negocio escalables.
Durante años, el acceso limitado a la banca y al crédito frenó el consumo, la creación de empresas y la productividad. Hoy, esa brecha se reduce rápidamente: más del 70% de la población participa en el sistema financiero formal, frente al 50% en 2017, impulsado por el auge de billeteras digitales, neobancos y plataformas de crédito alternativo.
La penetración de smartphones y el acceso a internet han permitido que los servicios financieros superen la infraestructura tradicional, reduciendo costos, ampliando cobertura y transformando los canales de distribución.
Desde la óptica de inversión, esta evolución es clave. Muchas plataformas se desarrollan sobre arquitecturas modernas y nativas en la nube, lo que facilita la iteración de productos, originación basada en datos y venta cruzada entre pagos, crédito, ahorro y seguros. Estos factores mejoran la rentabilidad y el apalancamiento operativo a medida que crecen.
La inversión lo confirma: tecnología de la información y servicios financieros concentran la mayor parte del capital de riesgo en los principales mercados de la región. En 2025, TI lideró en Brasil, Chile y Argentina, mientras que los servicios financieros dominaron en México y Colombia, mostrando la amplitud y profundidad de las oportunidades digitales.
Aunque consumo y salud siguen atrayendo capital, el foco está en plataformas digitales y financieras, que se benefician de efectos de red, uso de datos y altos márgenes incrementales.
Para el capital privado, esto se traduce en un mayor interés por plataformas tecnológicas y fintech más consolidadas, con bases de clientes robustas, desempeño unitario sólido y trayectorias claras hacia la rentabilidad. Muchas operan en ecosistemas fragmentados, lo que abre oportunidades para consolidación, optimización y expansión regional.
Con marcos regulatorios más sólidos, mercados de capitales más profundos y una adopción digital creciente, el capital privado está bien posicionado para liderar la próxima generación de empresas financieras y potenciar la productividad y la transformación económica en América Latina.
América Latina está entrando en una etapa decisiva para la energía y la infraestructura, donde sus fortalezas naturales y necesidades urgentes configuran una narrativa de inversión sólida. La región concentra cerca de la mitad de las reservas mundiales de litio, más de un tercio del cobre y la plata, y activos relevantes en petróleo.
Destaca también por su matriz energética: aproximadamente el 60% de la electricidad proviene de fuentes renovables, gracias a la abundancia de energía hidroeléctrica, solar y eólica. Sin embargo, gran parte de la infraestructura energética está obsoleta y las pérdidas en transmisión y distribución superan las de mercados más avanzados.
Muchas redes eléctricas fueron diseñadas para otro contexto y hoy enfrentan retos para adaptarse a tecnologías como la generación solar distribuida, almacenamiento en baterías y vehículos eléctricos. Además, los monopolios públicos y la regulación lenta suelen retrasar inversiones clave para modernizar la infraestructura y liberar su potencial.
Esta brecha entre potencial y realidad es donde surge la oportunidad para los inversionistas. A medida que las ciudades crecen y las industrias se digitalizan, la demanda de infraestructura moderna y confiable aumenta. En este escenario, el capital privado e internacional juega un papel fundamental para cerrar la brecha.
Ya se ven proyectos de gran escala en marcha: es el caso del gasoducto de Vaca Muerta en Argentina, mejoras en redes eléctricas y energías renovables en Colombia, y nueva infraestructura de gas en México y Guyana.
Los socios internacionales también son clave. En 2025, la agencia japonesa JICA comprometió mil millones de dólares a BID Invest para impulsar inversiones privadas y reducir la brecha de financiamiento para el desarrollo sostenible en la región.
Estos esfuerzos van más allá de construir nuevos activos: buscan sentar las bases para la próxima etapa de crecimiento e innovación. Con la transición energética acelerándose, el capital privado y los fondos de infraestructura están bien posicionados para liderar la transformación de América Latina y convertir sus ventajas naturales en progreso económico sostenible.
Un abanico de oportunidades en expansión no significa necesariamente un panorama homogéneo, especialmente en una región tan diversa como América Latina. Aunque temas como digitalización, infraestructura e inclusión financiera son comunes en muchos países, las condiciones para invertir en capital privado varían considerablemente.
Los marcos políticos y regulatorios, regímenes fiscales y normas de movilidad de capital difieren sustancialmente, y la volatilidad cambiaria sigue siendo una constante en la región. Estos factores impactan la estructuración de transacciones, decisiones de financiamiento y alternativas de salida, lo que explica la divergencia de resultados entre países, sectores y grupos de inversión.
Para los inversionistas, aprovechar el potencial de largo plazo de los mercados privados en América Latina requiere más que identificar tendencias atractivas: exige navegar con eficacia en un entorno operativo complejo y heterogéneo. La dispersión de retornos es alta y se amplifica por diferencias en redes de originación, disciplina de análisis y capacidades operativas post-inversión.
En este contexto, la selección de gestores con redes locales sólidas, acceso a oportunidades exclusivas y un historial probado de creación de valor operativo es clave. Aquellos con presencia activa y prolongada en la región están mejor posicionados para estructurar transacciones defensivas, gestionar riesgos y promover mejoras concretas en las compañías de la cartera. En la práctica, el gestor al que se asigna capital puede ser tan determinante como el sector o la temática elegida.
Invertir en activos alternativos implica riesgos más elevados que las inversiones tradicionales y es adecuado únicamente para inversionistas sofisticados. Las inversiones alternativas conllevan mayores riesgos que las inversiones tradicionales y no deben considerarse como un programa de inversión completo. No son eficientes desde el punto de vista fiscal, por lo que el inversionista debe consultar con su asesor fiscal antes de invertir. Las inversiones alternativas suelen tener comisiones más altas que las inversiones tradicionales y pueden estar altamente apalancadas, además de emplear técnicas de inversión especulativas, lo que puede aumentar tanto el potencial de pérdida como de ganancia. El valor de la inversión puede disminuir así como aumentar, y los inversionistas podrían recuperar menos de lo que invirtieron.
Las inversiones en materias primas pueden presentar una volatilidad mayor que las inversiones en valores tradicionales, especialmente si los instrumentos implican apalancamiento. El valor de los instrumentos derivados vinculados a materias primas puede verse afectado por movimientos generales del mercado, volatilidad de los índices de materias primas, cambios en las tasas de interés o factores que afectan a una industria o materia prima en particular, como sequías, inundaciones, condiciones climáticas, enfermedades del ganado, embargos, aranceles y desarrollos económicos, políticos y regulatorios internacionales. El uso de derivados apalancados vinculados a materias primas genera la posibilidad de obtener mayores rendimientos, pero al mismo tiempo aumenta el riesgo de pérdidas significativas.
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