Estrategia de inversión
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Tras la intervención para sacar a Nicolás Maduro del poder en Venezuela, la administración de Donald Trump ha optado por priorizar el control de la situación y la contención de riesgos inmediatos, situando la energía como eje estratégico y relegando el cambio político a un segundo plano. En este contexto, Washington ha propuesto canalizar hasta 50 millones de barriles de crudo venezolano hacia Estados Unidos y la gestión directa de los ingresos para estabilizar el suministro y limitar el margen de maniobra de actores adversarios.
Este enfoque, centrado en medidas concretas de seguridad energética, explica la renovada relevancia de Venezuela en la estrategia estadounidense para la región. Doctrinas históricas, competencia con potencias externas y la evolución del panorama energético siguen moldeando el compromiso de Estados Unidos. Para los mercados, este marco sugiere una disrupción limitada en el corto plazo, con implicaciones más profundas ligadas a la ejecución y sostenibilidad de las medidas.
La importancia estratégica de Venezuela para Estados Unidos responde a dos factores clave: su rol como plataforma para actores adversarios y la magnitud de sus recursos energéticos.
Las actividades ilícitas están profundamente integradas en la economía venezolana. Como señala nuestro presidente de Estrategia de Mercado e Inversión, Michael Cembalest, el régimen de Maduro ha dependido en gran medida de prácticas como el narcotráfico, lavado de dinero y evasión de sanciones, que en conjunto representarían entre el 15% y el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) del país. Ecoanalítica, firma venezolana de consultoría económica, estima que las ganancias derivadas de estas actividades equivalen al 56% de las exportaciones, 56% de los ingresos totales y 78% de las importaciones.
Asimismo, autoridades estadounidenses e internacionales han documentado vínculos entre Venezuela, Irán y Hezbolá, que incluyen cooperación en el comercio global de cocaína, provisión de pasaportes venezolanos a funcionarios iraníes y uso de empresas fachada para el lavado de dinero. Las relaciones con China también son extensas y abarcan desde préstamos de gran escala hasta cooperación militar y venta de armamento.
La energía es otro gran pilar. Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con unos 303 mil millones de barriles, cerca del 16% del total global. Si Estados Unidos logra influir sobre el país, podría controlar hasta un tercio del suministro mundial de crudo. Los recientes hallazgos en Guyana amplían aún más esta huella estratégica.
Aunque esto no altera la oferta en el corto plazo, una transición política en Venezuela podría abrir nuevas opciones de suministro y redefinir la geopolítica energética global. La producción petrolera venezolana ronda los 900–950 mil barriles diarios, lejos de los 2,5 millones previos a Maduro. En un entorno político estable, con renovación de licencias y operaciones sin restricciones, la producción podría aumentar en 250 mil barriles en el corto plazo, alcanzar 1.3–1.4 millones en dos años y crecer aún más con inversión adicional.
Aunque Estados Unidos ha removido la figura visible del régimen, la estructura de poder en Venezuela permanece intacta. Derek Chollet, director del Centro de Geopolítica de nuestro banco de inversión, señala que las probabilidades de una resolución exitosa en el corto plazo son bajas y plantea cuatro escenarios:
Las declaraciones de la administración Trump apuntan a una mayor alineación política en América Latina y el hemisferio occidental. La región es vista como prioridad estratégica, marcada por debilidades de gobernabilidad, vacíos de seguridad e influencia externa. Venezuela es ejemplo de cómo la inestabilidad y las alianzas pueden generar riesgos de mayor alcance.
Estados Unidos ha reiterado su preocupación por la expansión china, especialmente en infraestructura, energía y seguridad. El compromiso será más activo y condicionado, con un entorno menos anclado a China y más alineado con marcos estadounidenses, lo que añade ruido político en la región.
México, Colombia y Cuba han sido destacados en comentarios recientes. México enfrenta presión por el control de cárteles y flujos de fentanilo; Colombia, por avances en seguridad y narcotráfico, aunque persisten objeciones al enfoque estadounidense. Cuba, junto a Venezuela, es vista como factor desestabilizador, aunque su influencia se percibe en declive.
Las implicaciones de mercado en el corto plazo siguen siendo limitadas, ya que la producción venezolana representa una fracción del suministro global. El impacto más relevante es político. Consideramos este desarrollo positivo para Venezuela y América Latina: puede aumentar el ruido y la presión bilateral, pero también desplazar la dinámica regional hacia la derecha y servir de advertencia para gobiernos de izquierda cómplices de actividades ilícitas.
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