Estrategia de inversión
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¿Entusiasmo por la inteligencia artificial (IA)? Invertir en tecnología. ¿Preocupación por la inflación? También. ¿Búsqueda de mayor desempeño? De nuevo, tecnología. ¿Interés por la sostenibilidad? Tecnología. ¿Apuesta por el crecimiento? Tecnología. ¿Impulso al ciclo de inversión en capital? Tecnología. ¿Incertidumbre global o necesidad de empresas con liquidez? Tecnología.
Estas son solo algunas de las muchas razones por las que los inversionistas han favorecido al sector tecnológico, incluso en un entorno de valuaciones elevadas. El sector se ha convertido en la respuesta a todo y para todos: una asignación imprescindible en las carteras, a la vez una apuesta cíclica y defensiva, y el principal motor del crecimiento de las utilidades.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
De cara a la temporada de resultados del primer trimestre de 2026, se esperaba que el sector tecnológico aportara cerca de la mitad del crecimiento proyectado de las utilidades, es decir, más de tres veces el del S&P 500 en su conjunto. Impulsadas por un fuerte aumento de los ingresos, las utilidades operativas se han acelerado y han superado el ritmo de expansión de las contrataciones, lo que a su vez ha impulsado la ampliación de los márgenes. En otras palabras, la escala juega a su favor: las mayores plataformas tecnológicas siguen creciendo mientras mantienen bajo control los costos incrementales.
A comienzos de siglo, las acciones tecnológicas eran, ante todo, una apuesta de crecimiento. Internet estaba por llegar, y el mundo lo sabía. Sin embargo, las utilidades no acompañaron ese cambio estructural. Fue así como se gestó la burbuja puntocom.
Tras la crisis financiera global, el sector pasó a ser otra cosa: una apuesta de duración. Un entorno de tasas de interés bajas y liquidez creciente en los balances —impulsada por emisiones posteriores a la pandemia a niveles cercanos a los de los bonos del Tesoro, junto con una sólida generación de flujo de caja libre— permitió reforzar su posición de efectivo.
Las tenencias de efectivo de las empresas conocidas como los “Siete magníficos” —que hoy representan alrededor del 35% del S&P 500— crecieron más de 300% entre 2011 y 2025.
Pero incluso con —y quizás precisamente por— balances sólidos, las acciones tecnológicas siguen siendo sensibles a los cambios en las tasas de interés, ya que sus valuaciones dependen de flujos de caja proyectados a largo plazo. Al fin y al cabo, siguen siendo un activo de crecimiento y, al mismo tiempo, una apuesta a la evolución de las tasas.
La solidez de las utilidades y una sólida posición de efectivo han hecho que el sector sea resiliente, incluso en un entorno de debilitamiento económico. Ya no se trata solo de crecer, ni siquiera de hacerlo rápidamente. Trimestre a trimestre, estas acciones se evalúan en función de si logran superar las altas expectativas de los inversionistas. En otras palabras, la clave es si pueden seguir cumpliendo —y superando— esas exigencias de forma consistente.
Y, aun así, siguen siendo algunas de las acciones más volátiles del mercado. El rango habitual de variación, en cualquier dirección, de las siete mayores empresas tecnológicas es más de 60% superior al del S&P 500. Es poco común que un solo sector reúna tantas características distintas al mismo tiempo.
A pesar de su asociación con el dinamismo y de que los mayores actores se benefician de flujos defensivos, el sector tecnológico también es profundamente cíclico. Esto se refleja en los patrones de auge y caída de los semiconductores, en el gasto publicitario vinculado a buscadores y redes sociales, y en los modelos de suscripción, sujetos a la inversión empresarial.
Ahora, con el avance de la IA, el foco se desplaza hacia la infraestructura física, aun cuando el sector ya está profundamente integrado en el ecosistema digital y consolidado como una asignación clave en las carteras.
Al frente de la ola de la IA, las empresas tecnológicas están impulsando un fuerte aumento del gasto de inversión —centros de datos, chips e infraestructura energética— a una escala histórica. Esto empieza a asemejarse a dinámicas industriales más tradicionales, donde la expansión depende menos de modelos con pocos activos y más de la capacidad de desplegar grandes volúmenes de capital de forma eficiente.
Durante décadas, el atractivo del sector tecnológico residía en sus altos retornos sobre el capital y en sus reducidas necesidades de reinversión. Hoy, la dinámica es distinta: se destinan miles de millones a infraestructura física para sostener la próxima fase de expansión.
La tecnología es, al mismo tiempo, de larga duración y cíclica; defensiva y de alto beta; ligera en activos e intensiva en capital.
La expansión de la infraestructura y el crecimiento del sector tecnológico se han vuelto cada vez más representativas de las perspectivas de la economía estadounidense. Esto, a su vez, plantea interrogantes sobre la resiliencia de las cadenas de suministro y la externalización cercana. Ya no basta con abastecerse de chips y materias primas a nivel global de forma económicamente viable.
Pagar una prima para financiar infraestructura en territorio nacional y desarrollar cadenas de suministro más diversificadas y cercanas al consumidor final resulta hoy más aceptable que nunca. Como parte de la tendencia más amplia hacia la desglobalización, uno de los ejemplos más claros de este cambio es el aumento de las importaciones de productos tecnológicos avanzados desde México, en detrimento de la participación de China.
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