Estrategia de inversión
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De cara al resto de 2026, queda claro que la inteligencia artificial, fragmentación global e inflación seguirán marcando las economías y los mercados. Estas tendencias, analizadas en nuestras “Perspectivas de mitad de año”, continuarán moldeando el entorno global en los próximos meses.
En particular, es cada vez más probable que la inflación se estabilice en niveles persistentemente más altos, posiblemente durante años. Los precios de la energía probablemente incorporarán de forma más permanente una prima de riesgo geopolítico, mientras que las cadenas de suministro continuarán reconfigurándose para garantizar la seguridad energética nacional, y no necesariamente al menor costo posible. Aunque hoy las presiones inflacionarias no representan un riesgo desproporcionado, sí se están convirtiendo en un factor cada vez más relevante.
Existe una renovada prioridad por acercar las cadenas de suministro al consumidor final, acelerar la adopción de nuevas tecnologías y reforzar la seguridad estratégica. Tanto países y gobiernos como empresas y ciudadanos parecen estar más dispuestos a asumir mayores costos para prepararse ante posibles impactos económicos, algo cada vez más frecuente. Esa demanda estructural a nivel global hace probable que la inflación esté cada vez más impulsada por el encarecimiento de bienes físicos, más que por salarios o costos laborales.
A esto se suma el impacto del conflicto en Irán y el estrecho de Ormuz. La experiencia reciente sugeriría que un aumento en los precios de la energía llevaría a los bancos centrales a subir las tasas de interés. Al menos, eso es lo que actualmente descuenta el mercado. Los inversionistas comenzaron 2026 esperando que la Reserva Federal recortara las tasas en medio punto porcentual. Sin embargo, esas expectativas se han desvanecido y los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense a 30 años han vuelto a superar el 5%.
Aun así, es poco probable que la Reserva Federal adopte un tono que apunte a un nuevo ciclo de alzas de tasas.
La historia demuestra que (con las excepciones de la década de 1970 y 2022) la Reserva Federal ha tendido más bien a reducir las tasas cuando se producen fuertes aumentos en los precios del petróleo, ante el riesgo de una desaceleración de la demanda provocada por costos energéticos elevados durante períodos prolongados.
Sin embargo, frente a datos económicos que continúan mostrando solidez y una inflación general que actualmente se ubica en 3,3% interanual, es más probable que la Reserva Federal mantenga su postura actual. Incluso sin recortes, este escenario podría seguir favoreciendo a los activos de riesgo, a medida que disminuyen las tasas reales.
¿Cómo saber cuándo llega el momento de endurecer nuevamente la política monetaria? Las primeras pistas podrían surgir en América Latina.
Dada la exposición de la región a las fluctuaciones de las materias primas, los bancos centrales latinoamericanos han tendido a reaccionar con mayor rapidez frente a riesgos inflacionarios. Durante las últimas décadas (y de forma decisiva desde la pandemia de COVID-19) pasaron de seguir los ciclos globales a liderarlos, encabezando tanto las fases de endurecimiento como de flexibilización.
Antes del cambio de siglo, estos bancos centrales actuaban principalmente como seguidores de las decisiones adoptadas por las principales economías, limitados por una baja credibilidad inflacionaria, vulnerabilidades cambiarias y la necesidad de alinearse con la Reserva Federal.
Tras una serie de cambios institucionales (incluyendo esquemas de metas de inflación, mayor independencia operativa y tasas de cambio flotantes) los bancos centrales latinoamericanos ganaron credibilidad. Para el momento de la crisis financiera global, ya habían desarrollado la capacidad de aplicar políticas contra-cíclicas sin desestabilizar sus monedas, un equilibrio particularmente delicado.
Sin embargo, tras la pandemia de COVID-19 (período marcado por una fuerte recuperación de la demanda una vez reabiertas las economías) los bancos centrales latinoamericanos fueron los primeros en iniciar lo que más tarde sería reconocido como uno de los ciclos de endurecimiento más agresivos de la historia reciente.
Por ejemplo, el Banco Central de Brasil comenzó a subir las tasas en marzo de 2021 y el Banco de México hizo lo propio en junio de ese mismo año. Seis meses después, el Banco de Inglaterra (considerado uno de los más reactivos entre los del G-10) también las elevó, seguido posteriormente por la Reserva Federal y, más adelante, por el Banco Central Europeo.
Lo mismo ocurrió cuando comenzó el ciclo de normalización. Las dos mayores economías de América Latina fueron las primeras en iniciar los recortes, marcando nuevamente el tono y consolidando su transición de seguidores de política económica a líderes de ciclo, en ambas direcciones.
La implicación es estructural: América Latina ya no importa los ciclos monetarios globales como antes. Por el contrario, cada vez ofrece más señales sobre la credibilidad inflacionaria, puntos de inflexión de las tasas reales y procesos de normalización, especialmente en períodos en los que los precios de las materias primas marcan la dirección.
Y hoy, la inflación se mantiene dentro de los rangos de tolerancia en la mayoría de las principales economías latinoamericanas. Si se toma la política monetaria de la región como referencia para anticipar posibles cambios en las tasas globales, el mensaje es claro: todavía no estamos ahí.
En un contexto de crecimiento ya más moderado, las economías más expuestas a un deterioro en los términos de intercambio debido al aumento de los precios de la energía (como Reino Unido y la eurozona) han llevado a los mercados a descontar hasta tres subidas este año por parte de sus respectivos bancos centrales.
En Reino Unido, el reajuste de expectativas sobre la política monetaria ha impulsado los rendimientos de la deuda de largo plazo hasta nuevos máximos. A diferencia de otras regiones, donde intervienen más factores, el aumento de 70 puntos básicos en los bonos británicos a 10 años está vinculado en gran medida al impacto inflacionario de la guerra. Por quinto año consecutivo, la inflación se mantiene muy por encima del objetivo de 2% del Banco de Inglaterra.
Una resolución rápida del conflicto y posterior caída de los precios de las materias primas podrían provocar un descenso significativo de los rendimientos tanto en Reino Unido como en la eurozona, a medida que se reviertan las expectativas de endurecimiento monetario. En cambio, un escenario prolongado podría seguir ejerciendo presión alcista sobre los rendimientos, aunque también implicaría riesgos para el crecimiento, lo que actuaría como un límite para un aumento desmedido en los mercados de deuda.
China se distingue del resto: no enfrenta riesgos inflacionarios, sino que exporta presiones deflacionarias. Dado el tamaño de su economía y su papel como principal fabricante del mundo, esto tiene implicaciones globales.
La inflación al consumidor se mantiene moderada, mientras que los precios al productor continúan reflejando exceso de oferta y un débil poder de fijación de precios. A esto se suman la desaceleración del mercado inmobiliario y el descenso en los precios de exportación, una dinámica que, de persistir, tiende a trasladarse a los mercados globales, ejerciendo presión a la baja sobre la inflación de bienes a nivel mundial a través de la manufactura, exportaciones y cadenas de suministro.
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