Estrategia de inversión
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El ciclo electoral de 2026 en América Latina presenta un punto de inflexión histórico. La posible inclinación del péndulo político hacia la derecha, junto con tasas de interés cercanas a su punto máximo, la demanda global de minerales críticos y los primeros compromisos de reforma fiscal, abre una oportunidad sin precedentes para que la región transforme sus recursos naturales en un crecimiento económico sostenido.
Cuatro elecciones presidenciales clave, previstas entre febrero y octubre en Costa Rica, Colombia, Perú y Brasil, podrían redefinir profundamente el entorno de políticas públicas en las principales economías de la región. Los mercados financieros e inversionistas internacionales apuestan cada vez más por administraciones orientadas al mercado, capaces de romper el ciclo histórico de volatilidad política, desorden fiscal y baja inversión.
La convergencia de oportunidades económicas estructurales, una demografía favorable, la creciente demanda tecnológica de minerales y un cambio en las preferencias del electorado hacia la estabilidad y seguridad frente al populismo configura una ventana de oportunidad para la región. Este contexto podría impulsar la transición desde un modelo basado en la exportación de materias primas y mano de obra hacia un motor de crecimiento intensivo en capital, impulsado por la inversión, con capacidad de generar valor sostenible a largo plazo tanto para inversionistas regionales como internacionales.
Durante décadas, la paradoja fundamental de América Latina ha sido contar con recursos naturales extraordinarios, pero rendir sistemáticamente por debajo del potencial. Concentra más del 40% de las reservas mundiales de cobre1, más de la mitad de las reservas conocidas de litio2 y abundantes recursos agrícolas y energéticos. Países como Brasil, Argentina, Chile y Perú se posicionan como actores clave a nivel global en soja, carne de res, café, cobre, plata, tierras raras y litio.
A pesar de esta abundancia, la participación de América Latina en el Producto Interno Bruto (PIB) mundial y en el valor agregado de la manufactura se mantiene relativamente baja, en torno al 7,1% y 7,5%, respectivamente3. Este desempeño inferior tiene raíces estructurales profundas. La inestabilidad y frecuentes cambios de política han debilitado la inversión de largo plazo, mientras que los déficits fiscales y el gasto procíclico han dejado a los países expuestos a impactos externos. La desigualdad ha alimentado el malestar social y limitado el desarrollo de una clase media sólida. El legado del colonialismo y persistencia de la desigualdad han permitido que actores violentos capturen partes del Estado, lo que ha convertido la inseguridad en un equilibrio que se refuerza a sí mismo y condiciona tanto la estabilidad política como los incentivos económicos.
El ciclo electoral de 2026 se produce en un momento marcado por la convergencia de tres fuerzas estructurales, de carácter global y regional:
Demanda de minerales críticos: La transición global hacia economías digitales y bajas en carbono ha incrementado de forma significativa la demanda de minerales críticos, de los que América Latina dispone en abundancia. Chile y Perú destacan como los dos mayores productores de cobre; Chile y Argentina concentran importantes reservas de litio y níquel; y Brasil cuenta con la segunda mayor dotación de tierras raras. Esta demanda responde a factores estructurales, no cíclicos, impulsados por el despliegue de infraestructuras vinculadas a la inteligencia artificial y transición energética. Como resultado, la base de recursos de la región se ha vuelto estratégicamente indispensable para las cadenas globales de suministro tecnológico y energético.
Relajación de las tasas de interés: Este ciclo de relajación monetaria coincide con un momento en que gobiernos y empresas requieren condiciones más favorables para financiar infraestructura e inversión industrial. Tras iniciar el endurecimiento de forma temprana —desde 2021 y antes que la mayoría de las economías desarrolladas—, los bancos centrales generaron margen para avanzar hacia una reducción gradual de las tasas, sin abandonar una postura aún restrictiva. En varios casos, mantuvieron una política monetaria estricta pese a presiones, lo que reforzó su credibilidad. A medida que las tasas descienden este año, la región puede acceder a capital más competitivo para iniciativas intensivas en inversión, lo que alinea las condiciones monetarias con la ventana de oportunidad en minerales críticos.
Cambio en el péndulo político: El péndulo electoral se aleja del populismo y orienta hacia liderazgos más centristas o favorables al mercado, en respuesta al cansancio de la población frente a la inestabilidad macroeconómica y a una mayor demanda de estabilidad, seguridad y crecimiento. Comicios recientes en Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador han dado lugar a administraciones que asumen compromisos explícitos en materia de políticas promercado, consolidación fiscal y reformas institucionales. Las elecciones de febrero en Costa Rica también han reflejado esta tendencia, al respaldar la continuidad de una agenda similar, incluso en un contexto económico complejo.
La convergencia de estas fuerzas estructurales se produce en paralelo con dinámicas de mercado favorables que refuerzan la posición de América Latina. Este perfil intensivo en activos y de baja obsolescencia resulta especialmente atractivo en un entorno en el que la infraestructura física y los recursos tangibles alcanzan un valor superior frente a modelos de negocio expuestos a rápida obsolescencia tecnológica.
A este contexto se suma un catalizador geopolítico que ha reconfigurado el entorno estratégico de la región: la transición política en Venezuela en enero pasado. La salida de Nicolás Maduro ha eliminado a un actor adverso que, durante más de dos décadas, ofreció refugio a grupos guerrilleros colombianos, apoyó movimientos autoritarios y facilitó la proyección de la influencia china y rusa.
El vacío de poder resultante genera tanto una oportunidad como un incentivo para que Estados Unidos acelere la integración regional con marcos alineados en materia de comercio, seguridad y tecnología. Los resultados electorales en Colombia, Perú y, especialmente, en Brasil determinarán si esta convergencia se traduce en reformas sostenidas o, por el contrario, se fragmenta ante restricciones fiscales, resistencia social e inercia institucional.
Los riesgos y oportunidades son asimétricos: si las fuerzas orientadas al mercado consolidan su posición en las principales economías, América Latina podría experimentar una revaluación sostenida durante varios años, comparable al optimismo en torno a los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en la década de 2000. En caso contrario, corre el riesgo de enfrentar otra década perdida, marcada por volatilidad política y salida de capitales.
En este análisis identificamos los países donde estas dinámicas podrían traducirse en oportunidades de inversión tangibles y aquellos donde los riesgos siguen siendo demasiado elevados para justificar exposición.
Las elecciones presidenciales del 1 de febrero marcaron el inicio del ciclo electoral en América Latina y ofrecieron una señal clara sobre las preferencias del electorado. Laura Fernández, candidata conservadora de 39 años del oficialista Partido Pueblo Soberano, obtuvo aproximadamente el 48,3% de los votos, superando el umbral necesario para evitar una segunda vuelta4. Este resultado resulta especialmente significativo, ya que el país no registraba un desenlace similar desde hacía más de una década.
Además, Fernández alcanzó una mayoría legislativa histórica al obtener 31 de los 57 escaños en la Asamblea Legislativa5, lo que le otorga la capacidad de avanzar iniciativas de política pública sin depender de negociaciones constantes con una oposición fragmentada.
Fernández hizo campaña con una agenda de mano dura en materia de seguridad, inspirada explícitamente en el enfoque aplicado en El Salvador por el presidente Nayib Bukele, que incluye estados de excepción en zonas controladas por pandillas y mayor control en puertos. A pesar de las advertencias de observadores internacionales de derechos humanos, su propuesta conectó con un electorado que prioriza la protección personal frente a otras preocupaciones. En el ámbito económico, planteó continuidad con reformas orientadas al mercado, incluidas inversiones en infraestructura y mayor integración en las cadenas globales de valor mediante la liberalización comercial.
El resultado en Costa Rica establece un precedente relevante para el ciclo de 2026. Si se articula de forma creíble, la agenda de seguridad puede imponerse al malestar económico, y los votantes están dispuestos a otorgar mandatos sólidos a candidatos que ofrecen continuidad institucional y respuestas claras a los principales desafíos.
Esta dinámica probablemente influirá en las estrategias de campaña en Colombia, Perú y Brasil, donde la inseguridad también ocupa un lugar central. El aumento de 10 veces en la prioridad asignada a la seguridad en apenas cuatro años sugiere que incluso mejoras modestas pueden generar un capital político significativo y, en consecuencia, mayor estabilidad de políticas públicas, un factor que los mercados tienden a valorar.
Las elecciones presidenciales de abril ejemplifican la paradoja de gobernabilidad de la región: una economía rica en recursos, con activos mineros de clase mundial, atrapada en un ciclo de disfunción política que, sin embargo, no logra desestabilizar la estabilidad macroeconómica.
Un número récord de 36 candidatos presidenciales se ha presentado a la contienda, frente a 18 en 20217, lo que refleja la amplitud del espectro político: desde figuras populistas hasta representantes de la clase tradicional y perfiles ajenos a la política, como un comediante y un exfutbolista que también fue alcalde. Las encuestas indican que ninguno supera de forma sostenida el 12%, mientras que los indecisos representan el 42% del electorado8.
Esta fragmentación no es una anomalía, sino la cristalización de una década de deterioro institucional que ha dado lugar a ocho presidentes en 10 años, incluidos cuatro en un mismo período presidencial iniciado con la elección de Pedro Castillo en 20219.
El último relevo se produjo hace apenas unas semanas. El 18 de febrero, el Congreso nombró a José María Balcázar como presidente interino hasta el 28 de julio. Este exjuez de 83 años, investigado por soborno, asumió el cargo con 63% de desaprobación10, lo que refleja el profundo distanciamiento de la clase política peruana de la ciudadanía.
Las prioridades del electorado evidencian este desencanto: el 68% identifica la inseguridad como una de sus principales preocupaciones, mientras que el 67% señala la corrupción. Sin embargo, ningún candidato aborda estos problemas de forma creíble, lo que contribuye a la persistente fragmentación del escenario electoral11.
Rafael López Aliaga, exalcalde de Lima y candidato del partido de derecha Renovación Popular, lidera la mayoría de las encuestas y su estilo combativo ha sido comparado con el de Donald Trump. Le sigue Keiko Fujimori, de la conservadora Fuerza Popular, quien aspira por cuarta vez a la presidencia tras haber llegado a las tres últimas segundas vueltas. Su partido encabeza el bloque de derecha en el Congreso, lo que le otorga influencia legislativa con independencia del resultado presidencial.
Ningún otro candidato supera de forma sostenida el 6% en las encuestas y, dado el alto nivel de indecisión del electorado, cualquiera podría ganar como sorpresa de último momento, como ocurrió en 2021 con la inesperada victoria de Pedro Castillo.
Las reformas institucionales propuestas, incluida la transición de un sistema unicameral a uno bicameral, buscan reducir la proliferación de micropartidos mediante el aumento de los umbrales electorales. Sin embargo, su implementación sigue siendo incierta y algunos analistas advierten que la creación de una segunda cámara podría generar parálisis legislativa en lugar de mayor estabilidad.
Perú representa una opción defensiva dentro del ciclo político de América Latina este año. A pesar de la elevada volatilidad política, el país mantiene su atractivo para los inversionistas en mercados emergentes gracias a factores estructurales que trascienden el contexto electoral. Cuenta con un banco central autónomo, dispone de reservas de cobre y oro que generan divisas y se beneficia de una industria minera cuya dinámica opera en gran medida al margen del entorno político en la capital.
Una victoria de la derecha con López Aliaga probablemente aceleraría reformas orientadas al mercado y reforzaría los vínculos de seguridad con Estados Unidos, mientras que un triunfo de Fujimori permitiría aprovechar su influencia en el Congreso para sostener la estabilidad legislativa. Incluso un resultado hacia la izquierda enfrentaría límites derivados del rol del banco central y del peso de los ingresos mineros en el financiamiento del Estado.
En cualquier escenario, el sector minero continuará operando y generando ingresos por exportaciones, lo que convierte a Perú en uno de los pocos mercados de la región donde la fragmentación política ya está incorporada en los precios y los fundamentos económicos se mantienen estables.
Las elecciones presidenciales del 31 de mayo representan, después de las brasileñas, el evento más relevante del ciclo en América Latina, al plantear una decisión binaria sobre la trayectoria fiscal del país, su calificación crediticia y su relación en materia de seguridad con Estados Unidos.
La transición política en Venezuela a comienzos de 2026 ha reconfigurado el entorno electoral, al generar nuevas presiones en materia de seguridad y, al mismo tiempo, abrir una oportunidad para que Colombia redefina su estrategia antidrogas y posicionamiento regional. Al mismo tiempo, el deterioro de los indicadores fiscales y tensiones en política económica bajo la administración de Gustavo Petro han incrementado la vulnerabilidad del oficialismo.
Las primarias del 8 de marzo han reconfigurado la contienda con un resultado que pocas encuestas anticipaban. La senadora Paloma Valencia, del Centro Democrático, ganó la primaria de centroderecha con 3,2 millones de votos, equivalentes al 55% del total emitido en las tres consultas de coalición, con 5,8 millones de votos, y superó ampliamente tanto a la consulta centrista (616 mil votos) como a la del Frente de la Vida, de izquierda (596 mil votos)12, lo que supone una ventaja cercana a 10 a uno y apunta a un giro claro hacia la derecha.
Valencia, cercana al expresidente Álvaro Uribe, centró su campaña en la lucha contra el crimen organizado y en la propuesta de un “nuevo Plan Colombia” en coordinación con Estados Unidos, con énfasis en el fortalecimiento de la estrategia antidrogas y la cooperación en materia de seguridad. En el plano económico, su agenda se orienta a restablecer la disciplina fiscal, reabrir canales con el sector privado y atraer inversión extranjera mediante reformas regulatorias. Su mensaje conecta con un electorado que prioriza la seguridad —el 31% la identifica como principal preocupación—13 y que percibe que la administración de Petro ha debilitado tanto la estabilidad macroeconómica como la relación estratégica con Estados Unidos.
Sin embargo, la baja participación en la primaria de la izquierda no debe interpretarse como una señal de debilidad. Iván Cepeda, inhabilitado para competir, se mantiene como el candidato de facto del Pacto Histórico de Petro. Su plataforma se centra en una mayor expansión del gasto social, aumentos salariales acelerados, reformas en pensiones y salud, y un papel más activo del Estado en la economía, lo que lo posiciona como la opción de continuidad ideológica.
Cepeda prioriza la soberanía ambiental frente a la explotación de recursos y ha cuestionado la reciente cooperación militar con Estados Unidos, al considerarla contraria al derecho internacional. En su lugar, propone avanzar hacia negociaciones de paz con grupos armados y reducir la dependencia de los marcos de seguridad vinculados a Estados Unidos. El sólido desempeño del Pacto Histórico en el Senado —con 25 escaños— demuestra que la capacidad de movilización de la coalición sigue siendo significativa.
Las cuentas fiscales se han deteriorado hasta un déficit del 6,9%14, mientras que los precios se mantienen elevados pese al endurecimiento monetario. El aumento del salario mínimo, muy por encima de la inflación, ha intensificado las presiones sobre los costos. Asimismo, la división en el directorio del banco central ha debilitado la credibilidad de la política monetaria, con ajustes graduales que no logran anclar las expectativas.
Para el período 2026-2030, el Congreso seguirá fragmentado, sin que ningún partido alcance la mayoría. El Pacto Histórico obtuvo el mayor número de escaños en el Senado (25 de 103), seguido por el Centro Democrático (17 frente a 13 anteriormente). Los partidos tradicionales —el Partido Liberal (13 escaños) y el Partido Conservador (11 escaños)— se perfilan como socios naturales de una eventual presidencia de centroderecha, lo que ofrece una vía más clara hacia la gobernabilidad que la que enfrentaría una administración de izquierda15.
Colombia presenta un perfil de riesgo/retorno asimétrico, aunque el desenlace sigue siendo incierto. Las elecciones tienen el mayor potencial de generar movimientos significativos en los mercados financieros. Un triunfo de la izquierda bajo Cepeda implicaría la continuidad de la expansión fiscal, mayor incertidumbre en la política monetaria y un deterioro de la confianza de los inversionistas, con riesgo de rebajas en la calificación soberana.
En contraste, un resultado favorable a Valencia daría lugar a una compresión de los diferenciales soberanos, apreciación de la moneda y retorno a la disciplina fiscal que contribuiría a evitar deterioros en la calificación crediticia. La ventaja cercana a 10 a uno en las primarias sugiere que este escenario es más probable de lo que indicaban las encuestas previas a marzo. No obstante, el desempeño del Pacto Histórico en el Senado muestra que Cepeda conserva una capacidad de movilización significativa.
Las elecciones generales del 4 de octubre definirán el rumbo de la mayor economía de América Latina, con implicaciones que trascienden el ámbito nacional y abarcan la alineación geopolítica y trayectoria económica de la región. A los 80 años, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva aspira a un cuarto mandato en una contienda frente al senador Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, actualmente encarcelado.
La cuestión de fondo es si el país mantendrá su papel como líder del Sur Global, con un modelo de crecimiento impulsado por el Estado, o si avanzará hacia una mayor integración con marcos comerciales alineados con Estados Unidos y políticas orientadas al mercado.
Hace apenas unas semanas, Lula parecía encaminarse con claridad hacia la reelección, con el desempleo en mínimos históricos, el mercado bursátil en máximos y una inflación contenida. Hoy, la contienda se ha estrechado de forma significativa. Una encuesta de Datafolha lo sitúa con una diferencia de apenas seis puntos porcentuales en una hipotética segunda vuelta ante Flávio Bolsonaro, frente a los 23 puntos registrados en diciembre16. Esto sugiere un retorno a los márgenes ajustados de las elecciones de 2022, que Lula ganó por un estrecho 51%-49%17.
La administración de Lula ha ampliado el déficit fiscal hasta aproximadamente el 8,5% del PIB18, como resultado del aumento del gasto social y una mayor intervención estatal. Su plataforma se centra en una política industrial orientada a favorecer a actores estratégicos y en mantener el liderazgo de Brasil en el Sur Global mediante su participación en los BRICS y una postura de resistencia frente a las presiones hegemónicas de Estados Unidos.
Durante su mandato, los salarios han aumentado, junto con nuevos subsidios y beneficios fiscales dirigidos a los trabajadores, muchos de los cuales han entrado en vigor antes del inicio de la campaña. Sin embargo, la seguridad se ha consolidado como uno de los principales temas electorales, ámbito en el que Lula ha enfrentado dificultades. Declaraciones calificando a los narcotraficantes como “víctimas de los consumidores de drogas” han reforzado la percepción de esta debilidad.
La irrupción del escándalo de Banco Master, que involucra a una entidad de menor tamaño con amplios vínculos en distintos sectores del poder en Brasil, ha reavivado recuerdos de los casos del Mensalão y Lava Jato que afectaron al Partido de los Trabajadores en la década de 2010. Aunque Lula no ha sido implicado directamente, la sucesión de revelaciones sigue pasando factura.
Además, su edad —80 años el día de las elecciones y candidato por séptima vez desde 1989— se ha convertido en un factor de desgaste, en un contexto en el que su campaña parece menos adaptada al entorno digital de un país con uno de los mayores niveles de uso de redes sociales en el mundo.
La coalición de centroderecha propone un retorno a la disciplina fiscal, junto con un giro en política exterior que reduzca la retórica crítica hacia Estados Unidos. Su plataforma plantea limitar los vínculos con los BRICS y China, avanzar en la ratificación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur y alinearse con iniciativas de externalización cercana (nearshoring) para trasladar cadenas de suministro de manufactura de China a Brasil.
Desde esta perspectiva, la oposición sostiene que, en el contexto posterior a Venezuela, una mayor alineación con Estados Unidos ofrece la vía más rápida para atraer inversiones en tecnología y energía necesarias para la modernización industrial del país.
Por su parte, tras su encarcelamiento en septiembre de 2025 por su presunta implicación en un intento de golpe de Estado, el expresidente Bolsonaro ha respaldado la candidatura de su hijo Flávio como representante del Partido Liberal. Su perfil más moderado podría resultar atractivo para votantes alineados con la agenda conservadora, pero reacios a la retórica divisiva y gestión de la pandemia de su padre. El gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, ya le ha expresado su apoyo, lo que contribuye a consolidar la oposición.
Brasil atraviesa un giro estructural hacia la derecha. El crecimiento del cristianismo evangélico —del 7% de la población hace cuatro décadas al 30% en la actualidad— ha sido especialmente significativo entre sectores de bajos ingresos en las periferias urbanas, tradicionalmente alineadas con Lula19.
Las encuestas muestran que el 45% de los brasileños nunca votaría por Lula, frente a un 50% con una opinión desfavorable sobre Flávio, lo que indica que ambos candidatos enfrentan altos niveles de rechazo y que la contienda la definirá un segmento reducido de votantes.
Brasil ofrece la mayor oportunidad absoluta en América Latina por su escala y dotación de recursos: es el principal productor de petróleo de la región20, cuenta con nuevos desarrollos en cobre y litio, posee las segundas mayores reservas de tierras raras del mundo y presenta una matriz energética 88% renovable21.
El ciclo de relajación monetaria previsto refuerza este potencial, ya que pocas economías de gran tamaño reducirán tasas en la magnitud esperada. Actualmente, el mercado descuenta recortes superiores a 150 puntos básicos, aunque existe margen para reducciones cercanas a 300 puntos básicos o incluso más22, especialmente si la fortaleza cambiaria contribuye a la desinflación y amplía el financiamiento disponible para inversiones en infraestructura intensivas en capital, necesarias para monetizar plenamente estos activos.
Asegurar el acceso a esta base productiva resulta clave para las empresas tecnológicas estadounidenses que buscan estabilizar cadenas de suministro vinculadas a la transición energética e inteligencia artificial. El resultado electoral no solo definirá la trayectoria de la política económica interna, sino también el posicionamiento geopolítico del país en la competencia global por la seguridad de dichas cadenas.
El tránsito hacia un cambio de orientación política en América Latina enfrenta riesgos significativos que podrían reactivar los patrones históricos de reversión de políticas y disfunción institucional. Las victorias orientadas al mercado deben traducirse en implementación efectiva, lo que exige coaliciones capaces de sostener el impulso reformista pese a la resistencia social.
En Brasil, la próxima administración heredaría un déficit fiscal cercano al 8,5%, lo que implica ajustes de gasto políticamente complejos que ninguna gestión ha logrado sostener en el tiempo. El capital político necesario para avanzar en pensiones, reducir subsidios y elevar la recaudación podría exceder la capacidad de liderazgo al inicio del mandato.
Por su parte, Colombia enfrenta restricciones fiscales junto con desafíos de seguridad que requieren inversión sostenida. En Perú, la fragmentación podría derivar en coaliciones débiles sin capacidad de impulsar cambios de fondo, mientras que la transición hacia un sistema legislativo bicameral podría generar bloqueos en el corto plazo. En este contexto, administraciones con escaso margen podrían recurrir a medidas de corte populista para sostener su viabilidad, con efectos adversos sobre la confianza de los inversionistas y riesgo de salidas de capital.
Si bien la participación de Estados Unidos se ha intensificado, existe riesgo de reacción adversa si se percibe como excesivamente intervencionista. Los movimientos de izquierda podrían movilizarse en torno a un discurso antiestadounidense en un contexto de mejora económica insuficiente. Asimismo, el retorno del crudo venezolano a los mercados tendería a limitar los precios del petróleo en el largo plazo y restringir los ingresos fiscales de exportadores como Brasil y Colombia.
Por último, los enfoques centrados en el orden público en Costa Rica, Colombia y Perú conllevan riesgos de vulneración de los derechos humanos que podrían generar rechazo interno. En caso de que las medidas de seguridad no reduzcan la violencia, el respaldo a administraciones orientadas al mercado podría erosionarse y abriría espacio a opciones populistas.
El ciclo electoral de 2026 en América Latina coincide con un momento inusual. El fortalecimiento de la demanda de minerales críticos, la reconfiguración de las cadenas globales de suministro y la relajación gradual de las condiciones financieras han elevado la relevancia estratégica de varias economías de la región, en un contexto de importantes transiciones políticas.
Esta convergencia es determinante: las administraciones que emerjan este año definirán el marco de política en materia de gestión fiscal, desarrollo de recursos y vinculación económica internacional, en un periodo en el que los activos energéticos y de materias primas de la región adquieren un peso global mayor que en décadas recientes.
Sin embargo, las limitaciones estructurales persisten. Restricciones fiscales, congresos fragmentados y desafíos de seguridad continuos reducen el margen para reformas ambiciosas, independientemente del resultado electoral. Los mandatos, por sí solos, no serán suficientes. Lo determinante será la capacidad para traducirlos en marcos creíbles y sostenidos, capaces de ofrecer señales de estabilidad macroeconómica a inversionistas y socios comerciales más allá de un solo ciclo político.
Por tanto, la relevancia de este año radica menos en los resultados que en lo que viene después: nombramientos iniciales, señales presupuestarias y decisiones regulatorias que definirán si la creciente importancia de los recursos de la región se convierte en la base de una transformación económica duradera o si permanece, como en el pasado, como una oportunidad que la política no logra materializar plenamente.
Fechas clave del ciclo electoral de América Latina en 2026:
Las siguientes fechas marcan hitos relevantes para inversionistas y analistas que siguen los procesos en la región:
Este año presenta una convergencia poco frecuente de factores estructurales favorables, preferencias electorales más receptivas y oportunidades concretas de políticas públicas que permitirían a América Latina dejar atrás su histórico rezago y avanzar hacia un modelo de crecimiento intensivo en capital y basado en la inversión.
Para los inversionistas, la opcionalidad es real, pero no automática. Las victorias orientadas al mercado deben traducirse en implementación efectiva, pese a la resistencia social e institucional. Aun así, el contexto presenta rasgos distintivos: la demanda global de minerales críticos responde a dinámicas estructurales; la reducción de tasas coincide con la necesidad de financiar infraestructura; las preferencias del electorado se inclinan hacia una gestión más pragmática; los flujos internacionales comienzan a reorientarse; y el respaldo geopolítico de Estados Unidos aporta credibilidad al proceso de reformas.
Este periodo definirá si la región logra romper patrones históricos y capturar el valor asociado a su base de recursos. Los inversionistas disciplinados, capaces de gestionar la volatilidad de corto plazo sin perder de vista estas dinámicas de fondo, podrían identificar el inicio de una revaluación sostenida de los activos latinoamericanos, con una transición desde un modelo centrado en materias primas hacia un motor de crecimiento impulsado por la inversión.
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