Los datos macroeconómicos ilustran con contundencia este efecto. El FMI señala que un aumento del 30% en la tasa de homicidios (equivalente a una desviación estándar histórica) en América Latina reduce el crecimiento económico en 0,14 puntos porcentuales. Incluso un repunte del 10% provoca una caída cercana al 4% en la actividad económica local. La percepción del crimen también incide en el desempeño productivo: un incremento del 10% en la proporción de noticias sobre criminalidad se asocia con una contracción del 2,5% en la producción industrial. En conjunto, estos datos indican que cerrar la brecha entre los niveles de violencia en la región y el promedio mundial podría elevar el crecimiento anual hasta en 0,5 puntos porcentuales12,13.
Por ejemplo, el impacto económico de la violencia en México es considerable. Según el IEP, en 2024 alcanzó los 4,5 billones de pesos (unos 225 mil millones de dólares), equivalentes al 20,8% del PIB14. En Brasil, la estimación para 2023 asciende a 474 mil millones de dólares y representa el 11,08% de su PIB15. En Chile, un estudio del Centro Latinoamericano de Políticas Económicas y Sociales de la Universidad Católica (CLAPES UC) en 202516 calculó pérdidas anuales cercanas al 2,6% del PIB, es decir, alrededor de 8.200 millones de dólares, impulsadas por cierres anticipados de negocios y una menor actividad de los consumidores. Estas cifras reflejan la huella económica completa de la inseguridad, que abarca la caída de la productividad, pérdidas de bienestar asociadas al miedo y costo de oportunidad del gasto público y privado en seguridad.
La inseguridad persistente también puede mermar la confianza de los inversionistas y elevar de forma indirecta los costos de endeudamiento, al afectar las percepciones sobre la fortaleza institucional y estabilidad política. Si bien los diferenciales de riesgo soberano en América Latina dependen ante todo de los fundamentos fiscales, las condiciones externas de financiamiento y credibilidad de las políticas, episodios de violencia o deterioro en la gobernabilidad pueden amplificar esos riesgos. Según Capital Economics (2024), los niveles actuales de criminalidad restan alrededor de 0,25 puntos porcentuales al crecimiento anual del PIB regional.
La inseguridad no es una externalidad social que pueda ignorarse, es un factor de riesgo sistémico que eleva los costos esperados y reduce las tasas de retorno. Esto se refleja en primas de seguro y presupuestos de seguridad más altos, desvío de las cadenas de suministro, menor inversión de capital en las zonas afectadas y, en última instancia, una brecha persistente entre el PIB observado y el potencial en muchos países de la región.
¿Qué está cambiando?
Como hemos expuesto anteriormente, varios países de América Latina han logrado reducciones significativas en las tasas de homicidio durante la última década, aunque el avance ha sido desigual y algunas naciones siguen enfrentando un repunte de la violencia pese a la adopción de medidas de emergencia. Este panorama heterogéneo resalta la importancia de combinar la aplicación de la ley con reformas institucionales e inversiones sociales sostenidas para asegurar mejoras duraderas en materia de seguridad.
Los responsables de políticas públicas y las empresas no permanecen inmóviles. Las respuestas de la región muestran que es posible mitigar los riesgos y, en algunos ámbitos, convertirlos en oportunidades para fortalecer las instituciones y modernizar la economía. Los gobiernos están ajustando los marcos regulatorios (en especial las leyes contra el lavado de dinero, la recuperación de bienes de origen ilícito y la formalización de las cadenas de suministro), al tiempo que amplían programas sociales focalizados y estrategias de policía comunitaria para restablecer la presencia del Estado en territorios frágiles.
Al mismo tiempo, avanzan las alianzas público-privadas orientadas a mejorar la logística, vigilancia digital y prestación de servicios, respaldadas por plataformas del BID y la Corporación Financiera Internacional (IFC por sus siglas en inglés), que financian corredores seguros de transporte e infraestructura crítica.
Para fortalecer la cooperación regional, el BID se unió a 18 países para lanzar la Alianza para la Seguridad, la Justicia y el Desarrollo. Esta iniciativa permitirá a los gobiernos diseñar políticas contra el crimen basadas en evidencia y coordinar su implementación. Entre las 11 organizaciones que se sumaron al esfuerzo figuran el Banco Mundial, Interpol y la Organización de los Estados Americanos (OEA).
La marcada reducción de homicidios en El Salvador constituye un ejemplo controvertido pero ilustrativo de que una acción coercitiva contundente puede generar descensos rápidos en la criminalidad. Aun así, el BID, el FMI y el Banco Mundial instan a los gobiernos a acompañar esos avances con instituciones más sólidas e inversiones sociales sostenidas, para asegurar que los resultados se mantengan en el tiempo.
En el ámbito empresarial, están apareciendo nuevos sectores vinculados al cumplimiento normativo, la logística segura, los pagos digitales, la ciberseguridad y la resiliencia operativa. Esta dinámica ha impulsado la formación de un mercado regional que abarca almacenes con protección contra manipulación y sistemas de análisis de riesgo en rutas. Estimaciones recientes indican que solo el segmento de seguridad en las cadenas de suministro generó aproximadamente 267 millones de dólares en ingresos en América Latina en 2023, y que podría crecer a una tasa cercana al 12% anual hasta 203017, impulsado por la fuerte demanda de exportadores, operadores logísticos y fabricantes que buscan reducir los riesgos de robo, secuestro de carga y extorsión.
De manera similar, el sector de tecnologías de cumplimiento regulatorio (orientadas a facilitar la supervisión, la auditoría y la gestión de riesgos) en América Latina, valorado en alrededor de 1.200 millones de dólares en 2024, podría superar los tres mil millones para 2029. Este crecimiento responde a la mayor demanda de soluciones que reducen los riesgos de lavado de dinero, verificación de identidad y fraude18. Los proveedores de servicios de seguridad y gestión de riesgos están ampliando su presencia en la región, mientras que la expansión de las empresas de tecnología financiera y los pagos digitales ha más que duplicado el volumen de transacciones desde 2019, lo que disminuye la extorsión basada en efectivo y amplía la inclusión financiera.
Las empresas también están reconfigurando sus cadenas de suministro para fortalecer su resiliencia mediante estrategias de externalización cercana, inversiones en sistemas de identidad digital y desarrollo de proveedores locales que reduzcan su exposición a redes informales. Estas medidas no solo mitigan los riesgos operativos, sino que además posicionan a quienes se adelantan para aprovechar un entorno institucional más sólido y una reducción de las primas de riesgo.
Por otro lado, se estima que el sector de ciberseguridad en América Latina crecerá cerca de un 14% anual hasta 2030, a medida que las principales empresas globales del sector amplían su presencia en la región.
Más allá de la inseguridad: el ascenso estratégico de América Latina
La región está entrando en una etapa en la que la mejora de la estabilidad macroeconómica, reconfiguración global de las cadenas de suministro y reducción de la criminalidad podrían converger. En 2024, los flujos de inversión extranjera directa alcanzaron 188.962 millones de dólares, un aumento del 7,1% respecto de 202319, mientras que el BID estima que la externalización cercana podría sumar hasta 78 mil millones de dólares en exportaciones anuales en el corto y mediano plazo20. La inflación continúa moderándose, los déficits fiscales se reducen y las carteras de inversión digital y verde siguen ampliándose.
Si los responsables de políticas públicas convierten los avances recientes en seguridad en instituciones más sólidas y las empresas continúan incorporando gobernabilidad, tecnología y desarrollo de capital humano en sus estrategias, la región podrá dejar atrás el costo de la inseguridad y comenzar a capturar los beneficios de la reforma.
América Latina no es un actor periférico en la economía global, sino una pieza central. Figura entre los principales exportadores de alimentos, energía y minerales críticos, y cuenta con una biodiversidad única y enorme potencial de energía limpia. A medida que las cadenas de suministro se reconfiguran y las empresas buscan centros de producción seguros, eficientes en costos y alineados geopolíticamente, la región se encamina hacia un ascenso estratégico.
La historia ya no gira únicamente en torno al costo de la inseguridad, sino al valor de la estabilidad. La convergencia entre una mayor seguridad, transformación digital e impulso de la externalización cercana ofrecen a América Latina una ruta creíble para convertirse en una de las principales beneficiarias del actual reajuste económico global, no porque sus desafíos hayan desaparecido, sino porque ha comenzado a enfrentarlos con mayor determinación. En un mundo que busca resiliencia, diversificación y seguridad en el acceso a recursos, la región no ocupa los márgenes de la coyuntura global, es una de sus fronteras estratégicas.