La corrección del martes confirmó que los inversionistas siguen nerviosos ante la guerra comercial. Sin embargo, la preocupación no se limita a los aranceles, sino que se extiende a la posibilidad de una escalada. Conviene tener presente que las herramientas con las que Europa podría responder tienen una probabilidad muy baja de llegar a utilizarse, lo que limita el daño potencial que la retórica de confrontación puede provocar en los mercados.
El arma que no puede utilizarse
Tres meses después del “Día de la Liberación”, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) acordaron un arancel del 15%, la mitad de lo inicialmente planteado por Washington. Mientras algunos criticaron a la UE por ceder, los mercados reaccionaron al alza. Las empresas, por su parte, valoraron no tanto el nivel de la medida como la certidumbre que aportaba. Sin embargo, las preocupaciones van más allá de los bienes físicos: existe un arma de gran calibre en el debate, y apunta al sector de los servicios.
En Europa aumenta el número de voces que abogan por activar el Instrumento Anti-coerción de la UE, conocido coloquialmente como la “bazuca comercial”. Diseñado originalmente para gestionar la relación con China, permite imponer restricciones a las importaciones y exportaciones de bienes físicos dentro del bloque. Más preocupante aún, podría ampliar el conflicto al ámbito de los servicios, un sector en el que Estados Unidos mantiene un superávit frente a Europa. En la práctica, supondría limitar el acceso de los servicios financieros y tecnológicos estadounidenses a los 450 millones de consumidores del bloque. Se trata de una herramienta no probada y arriesgada, considerada durante mucho tiempo impensable. Sin embargo, esta semana volvió a plantearse como una opción plausible.
Hasta ahora, la guerra comercial global se ha centrado principalmente en bienes y manufacturas, dejando al sector de servicios en gran medida al margen. Las restricciones europeas a los servicios estadounidenses serían extremadamente perjudiciales para Estados Unidos, pero existe un punto clave: el impacto para Europa podría ser aún mayor. El efecto sobre los mercados financieros y la economía real sería potencialmente devastador, dado que la UE importa cerca de 483 mil millones de euros en servicios procedentes de Estados Unidos (incluidos científicos, técnicos, telecomunicaciones, tecnología y propiedad intelectual), según datos de 2024. Una disrupción de esta magnitud en la mayor relación bilateral de comercio e inversión del mundo tendría un costo demasiado elevado. Además, su implementación podría tardar hasta un año.
Incluso un aumento marginal en la probabilidad de que se utilice esta herramienta puede inquietar a los inversionistas. Sin embargo, aunque alimente los temores de corto plazo, es poco probable que la “bazuca comercial” llegue a activarse.
La pesadilla del Tesoro
La otra palanca de presión de la que dispone Europa sería una venta masiva de bonos del Tesoro de Estados Unidos, temor recurrente y una de las principales vulnerabilidades económicas del país. En conjunto, la UE posee cerca de ocho billones de dólares en estos instrumentos, aproximadamente el 24% de un mercado valorado en torno a los 34 billones de dólares. Dado que el bloque es el mayor financiador del endeudamiento estadounidense, una venta a gran escala inundaría el mercado y provocaría un fuerte aumento de los rendimientos. ¿Objetivo cumplido?
Probablemente no. El costo, una vez más, sería demasiado elevado. A nivel global, las curvas de rendimiento se empinarían, las tasas de endeudamiento aumentarían y el peso de la deuda soberana sería aún más difícil de gestionar y refinanciar. Sería un escenario especialmente complejo para países como Francia, que cuenta con el mayor mercado de deuda soberana de Europa por volumen en circulación y enfrenta un déficit creciente sin una solución presupuestaria clara a la vista.