Estrategia de inversión
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Las tensiones aumentaron esta semana cuando la Casa Blanca amenazó con imponer aranceles más elevados a sus socios comerciales europeos, lo que reavivó el temor a posibles represalias y sacudió la confianza de los inversionistas globales en los activos estadounidenses. No se trata de un “Día de la Liberación 2.0”, sino de una muestra de cómo los mercados —y los responsables de política económica— buscan asimilar y responder a un orden global cada vez más fragmentado. Aunque el conflicto se moderó posteriormente, conviene subrayar que las dos principales herramientas con las que cuenta Europa para responder podrían, en la práctica, no ser utilizables. Y es ésta, precisamente, la debilidad de la estrategia conocida como “vender Estados Unidos” (“sell America”).
En abril de 2025, tras el anuncio inicial de aranceles por parte de la administración de Donald Trump a los socios comerciales de Estados Unidos, el S&P 500 cayó cerca de 12%, el dólar se debilitó alrededor de 6% y los rendimientos de los bonos a largo plazo aumentaron en más de 40 puntos básicos. Fue así como tomó forma la narrativa de “vender Estados Unidos”: escenario en el que los inversionistas globales se desprenden simultáneamente de acciones, bonos y activos denominados en dólares. Que los tres se muevan en la misma dirección al mismo tiempo es poco habitual.
El comportamiento del mercado en estos días evocó las reacciones posteriores al “Día de la Liberación” y reactivó un patrón conocido. Sin embargo, al cierre de la semana, el episodio de pánico resultó efímero. En comparación con el observado en abril, los movimientos registrados en el punto máximo de volatilidad representaron apenas entre 15% y 20% de la reacción tras el anuncio inicial de los aranceles.
Para evaluar si la narrativa de “vender Estados Unidos” puede consolidarse, conviene observar la correlación a 90 días entre el dólar y el S&P 500. Si se vuelve positiva, indicaría que los inversionistas están tratando los activos estadounidenses como un conjunto y constituiría la señal más clara de que la inquietud podría reaparecer.
La corrección del martes confirmó que los inversionistas siguen nerviosos ante la guerra comercial. Sin embargo, la preocupación no se limita a los aranceles, sino que se extiende a la posibilidad de una escalada. Conviene tener presente que las herramientas con las que Europa podría responder tienen una probabilidad muy baja de llegar a utilizarse, lo que limita el daño potencial que la retórica de confrontación puede provocar en los mercados.
Tres meses después del “Día de la Liberación”, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) acordaron un arancel del 15%, la mitad de lo inicialmente planteado por Washington. Mientras algunos criticaron a la UE por ceder, los mercados reaccionaron al alza. Las empresas, por su parte, valoraron no tanto el nivel de la medida como la certidumbre que aportaba. Sin embargo, las preocupaciones van más allá de los bienes físicos: existe un arma de gran calibre en el debate, y apunta al sector de los servicios.
En Europa aumenta el número de voces que abogan por activar el Instrumento Anti-coerción de la UE, conocido coloquialmente como la “bazuca comercial”. Diseñado originalmente para gestionar la relación con China, permite imponer restricciones a las importaciones y exportaciones de bienes físicos dentro del bloque. Más preocupante aún, podría ampliar el conflicto al ámbito de los servicios, un sector en el que Estados Unidos mantiene un superávit frente a Europa. En la práctica, supondría limitar el acceso de los servicios financieros y tecnológicos estadounidenses a los 450 millones de consumidores del bloque. Se trata de una herramienta no probada y arriesgada, considerada durante mucho tiempo impensable. Sin embargo, esta semana volvió a plantearse como una opción plausible.
Hasta ahora, la guerra comercial global se ha centrado principalmente en bienes y manufacturas, dejando al sector de servicios en gran medida al margen. Las restricciones europeas a los servicios estadounidenses serían extremadamente perjudiciales para Estados Unidos, pero existe un punto clave: el impacto para Europa podría ser aún mayor. El efecto sobre los mercados financieros y la economía real sería potencialmente devastador, dado que la UE importa cerca de 483 mil millones de euros en servicios procedentes de Estados Unidos (incluidos científicos, técnicos, telecomunicaciones, tecnología y propiedad intelectual), según datos de 2024. Una disrupción de esta magnitud en la mayor relación bilateral de comercio e inversión del mundo tendría un costo demasiado elevado. Además, su implementación podría tardar hasta un año.
Incluso un aumento marginal en la probabilidad de que se utilice esta herramienta puede inquietar a los inversionistas. Sin embargo, aunque alimente los temores de corto plazo, es poco probable que la “bazuca comercial” llegue a activarse.
La otra palanca de presión de la que dispone Europa sería una venta masiva de bonos del Tesoro de Estados Unidos, temor recurrente y una de las principales vulnerabilidades económicas del país. En conjunto, la UE posee cerca de ocho billones de dólares en estos instrumentos, aproximadamente el 24% de un mercado valorado en torno a los 34 billones de dólares. Dado que el bloque es el mayor financiador del endeudamiento estadounidense, una venta a gran escala inundaría el mercado y provocaría un fuerte aumento de los rendimientos. ¿Objetivo cumplido?
Probablemente no. El costo, una vez más, sería demasiado elevado. A nivel global, las curvas de rendimiento se empinarían, las tasas de endeudamiento aumentarían y el peso de la deuda soberana sería aún más difícil de gestionar y refinanciar. Sería un escenario especialmente complejo para países como Francia, que cuenta con el mayor mercado de deuda soberana de Europa por volumen en circulación y enfrenta un déficit creciente sin una solución presupuestaria clara a la vista.
Para generar un impacto real, una medida de este tipo tendría que ejecutarse a gran escala y, aun así, terminaría perjudicando a ambos lados del Atlántico, incluso si estuviera dirigida exclusivamente contra Washington. Por ello, cuando el fondo de pensiones danés AkademikerPension anunció la venta de 100 millones de dólares en bonos del Tesoro, el mercado apenas reaccionó. Se trata de un monto fácilmente absorbible, con un peso más simbólico que un impacto efectivo.
Es inevitable que surjan nuevas tensiones en la relación transatlántica. El debate en torno a los aranceles está lejos de cerrarse. Tan pronto como el próximo mes, podrían reactivarse represalias europeas por un valor de 93 mil millones de euros, suspendidas desde mediados del año pasado. En gran medida, todo esto constituye ruido.
Las amenazas más extremas difícilmente se materializarán. Estados Unidos y la Unión Europea están demasiado interconectados, y romper esa relación tendría un costo excesivo para ambas partes. Esta realidad impone límites claros al alcance de cualquier represalia y aporta un elemento de tranquilidad importante.
En un contexto de fragmentación global, los esfuerzos europeos por reforzar sus capacidades de defensa e infraestructura podrían beneficiar a los valores industriales de la región. Por su parte, pese a la incertidumbre en materia de políticas, Estados Unidos continúa representando una oportunidad de inversión de alta convicción. Cuenta con un consumidor sólido, margen de maniobra en política monetaria, independencia energética, liderazgo en los mercados de capitales y un fuerte motor estructural asociado al desarrollo de la inteligencia artificial, un impulso que no parece disiparse.
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