Economía y mercados
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Ayer, la Reserva Federal redujo las tasas por tercera vez consecutiva. En su comunicado, el comité indicó que no anticipa un amplio margen para nuevos recortes en el corto plazo y que la economía probablemente se mantendrá sólida en 2026. Estamos de acuerdo.
A continuación, explicamos los factores que han mantenido a la economía en una trayectoria estable y por qué creemos que la expansión puede sostenerse:
Tras comenzar el año desde una posición sólida, el mercado laboral ha absorbido el impacto de los aranceles. Actualmente, la tasa de desempleo se sitúa en 4,4%, por encima del 3,5% registrado en enero, pero cerca de lo que consideramos su nivel máximo.
La mayor parte del aumento responde a una mayor incorporación a la fuerza laboral o a la finalización de empleos temporales, no a recortes significativos de personal por parte de las empresas. Esta diferencia es clave, ya que en una recesión tradicional los despidos suelen explicar la mayor parte del repunte del desempleo. En esta ocasión, su contribución ha sido hasta ahora marginal, muy inferior a la observada durante el estallido de la burbuja puntocom o de la crisis financiera mundial.
Con el margen de maniobra del que dispone, la Reserva Federal intenta propiciar un mercado laboral más flexible y equilibrado, que reduzca las presiones sobre los salarios y la inflación, sin provocar un deterioro significativo del empleo. Además, algunos de los datos más recientes sobre vacantes y planes de contratación sugieren que este proceso de enfriamiento podría estar comenzando a estabilizarse.
A ello se suma que los ingresos continúan evolucionando en la dirección correcta. Los salarios siguen creciendo aproximadamente un punto porcentual por encima de los precios, lo que permite que el poder adquisitivo del trabajador promedio se mantenga estable. El flujo de caja de los hogares ya no muestra el impulso excepcional observado tras la pandemia, pero parece lo suficientemente sólido como para sostener el crecimiento del consumo.
Qué significa: el mercado laboral se ha ajustado, pero no se ha quebrado. Mientras la mayoría de las personas conserve su empleo y los ingresos reales se mantengan ligeramente en terreno positivo, el consumo puede sostenerse, al igual que la expansión económica.
La combinación de políticas ya no actúa en contra de la economía como lo hacía hace un año. En lugar de preguntarnos cuánto más restrictivas pueden volverse las condiciones, el debate se centra ahora en cuán gradualmente pueden relajarse a partir de este punto. Esto es relevante porque el principal ajuste asociado a tasas hipotecarias más altas, un dólar más fuerte y condiciones crediticias más estrictas en gran medida ya se ha producido. Ahora, el impacto marginal se está disipando.
Los efectos de tasas de interés más bajas y de una política más flexible están comenzando a transmitirse a la economía, lo que debería contribuir a sostener el crecimiento. Unas condiciones financieras más favorables (mayores precios de las acciones, diferenciales de crédito más estrechos y un dólar más débil) deberían aportar un impulso adicional. Los economistas siguen estas dinámicas a través de los llamados “índices de condiciones financieras”, que ahora muestran un sesgo levemente expansivo, en lugar de restrictivo. El índice de la Reserva Federal de Chicago, por ejemplo, sugiere un impulso de alrededor de 60 puntos básicos al Producto Interno Bruto (PIB) durante el próximo año. En otras palabras, las condiciones financieras han dejado de ser un peso y comienzan a inclinarse a favor de la actividad.
También se observa un giro en el frente fiscal. Este año estuvo marcado, en buena parte, por un endurecimiento vinculado a los aranceles, pero de cara a los próximos trimestres comienzan a perfilarse varios factores favorables. Los mercados de apuestas anticipan un fallo judicial adverso para la estructura arancelaria vigente y consideran menos probable que la administración deba efectuar grandes devoluciones. Esta combinación ayudaría a limitar la disrupción presupuestaria y a aliviar parte del lastre sobre la actividad. A nuestro juicio, este escenario sería, en términos generales, favorable para el capital estadounidense a lo largo del tiempo y constituye otra señal de que algunos de los vientos en contra de la política económica están comenzando a perder intensidad.
A ello se suma que las devoluciones de impuestos personales vinculadas a “Una gran y hermosa ley” (One Big Beautiful Bill) deberían comenzar a reflejarse con mayor claridad en las cuentas bancarias de los hogares. En la práctica, esto actúa como una transferencia focalizada: eleva de forma marginal los ingresos disponibles y es probable que una parte relevante se destine al consumo más que al ahorro, especialmente entre los segmentos medios y bajos. No se trata de un estímulo de gran escala, sino de otro amortiguador que ayuda a evitar una desaceleración abrupta de la demanda del consumidor.
¿Qué significa?: En conjunto, la política económica pasa de ser un claro viento en contra a una posición más cercana a la neutralidad, con algunos componentes que incluso comienzan a inclinarse levemente a favor. Esto no garantiza un auge, pero sí crea un mayor margen para que la expansión se prolongue.
Estados Unidos sigue siendo una economía impulsada por el consumo: el gasto de los consumidores representa aproximadamente dos tercios del PIB, y esto no ha cambiado. Lo que sí ha variado es la fuente del crecimiento en el margen. En esta fase del ciclo, la inversión está asumiendo un papel inusualmente relevante.
Esto se refleja en la inversión fija no residencial, que corresponde al gasto empresarial en activos de larga duración como edificios y fábricas, centros de datos y almacenes, maquinaria y equipos, así como software y propiedad intelectual. Aunque representa una porción relativamente reducida del total, en los últimos trimestres ha aportado una contribución desproporcionada a la actividad. De hecho, ha llegado a explicar hasta una cuarta parte del crecimiento real, frente a un promedio histórico cercano al 15%. En otras palabras, un componente que normalmente cumple una función de apoyo ha pasado, por momentos, a desempeñar un papel central.
Creemos que este repunte marca el inicio de una nueva y significativa ola de inversión en capital. Nuestro banco de inversión estima que el gasto vinculado a la inteligencia artificial alcanzará cerca de 500 mil millones de dólares este año y aumentará hasta aproximadamente 700 mil millones el próximo, a medida que las empresas siguen expandiendo los centros de datos, su capacidad de fabricación de semiconductores y la infraestructura eléctrica y redes. Estimamos que las necesidades de financiamiento en 2030 superarán los 1.4 billones de dólares anuales. Se trata de compromisos de largo plazo, no de iniciativas experimentales: una vez que se inicia una instalación de centros de datos, una planta de chips o la modernización de la red eléctrica, lo habitual es completar el proyecto.
Todo esto viene acompañado, además, de un posible impulso a la productividad. A medida que las empresas invierten en automatización, software y herramientas de inteligencia artificial, incluso mejoras modestas en eficiencia facilitarían que la economía crezca a un ritmo algo mayor sin reavivar la inflación, justo el entorno que la Reserva Federal busca propiciar.
¿Cómo interpretamos esto?: Estados Unidos no ha dejado de ser una economía liderada por el consumo, pero en esta fase del ciclo el gasto de capital está actuando como un segundo motor. Esto hace menos probable que la actividad se estanque, incluso si el consumo se enfría ligeramente.
En conjunto, hay motivos para mantener una visión constructiva sobre el panorama económico de cara a 2026. El mercado laboral se ha ajustado, pero no se ha quebrado. La política económica avanza desde un claro viento en contra hacia una posición más neutral, y una potente ola de inversión en inteligencia artificial e infraestructura estaría aportando un segundo impulso a la economía. Esta combinación apunta a un escenario de “reaceleración gradual”, en el que el crecimiento se estabiliza y avanza de forma moderada, en lugar de realizar un aterrizaje brusco. En otras palabras, esperamos que la actividad se estabilice en torno a su tendencia de largo plazo.
El precio de los valores de renta variable puede subir o bajar debido a cambios en el mercado en general o en la situación financiera de una empresa, en ocasiones de forma rápida o imprevisible. La renta variable está sujeta al denominado “riesgo de mercado”, lo que significa que los precios de las acciones pueden caer durante períodos cortos o prolongados.
La inversión en productos de renta fija conlleva ciertos riesgos, entre ellos los de tasas de interés, crédito, inflación, amortización anticipada, prepago y reinversión. Cualquier valor de renta fija que se venda o reembolse antes de su vencimiento puede generar ganancias o pérdidas significativas.
La inversión en estrategias alternativas es de carácter especulativo y suele implicar un mayor nivel de riesgo que las inversiones tradicionales, incluyendo, entre otros factores, liquidez y transparencia limitadas. Estas estrategias solo deberían ser consideradas por inversionistas sofisticados con la capacidad financiera necesaria para asumir la pérdida total o parcial del capital invertido.
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