Estrategia de inversión
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En los últimos cinco años, el oro ha registrado un repunte extraordinario—con una apreciación superior al 170%. Las razones son múltiples, pero el principal impulso parece provenir de una nueva etapa de volatilidad y fragmentación geopolítica que ha llevado a los inversionistas a aumentar su exposición al metal noble. A ello se suman las preocupaciones por la pérdida de valor de las monedas, la desaceleración del crecimiento, la inflación y la falta de disciplina fiscal—riesgos que no se han reflejado plenamente en los precios de los activos soberanos.
En este contexto, no sorprende que el oro se haya consolidado como un activo refugio. De hecho, durante los principales episodios de tensión geopolítica ha superado el desempeño de otras clases de activos, con un retorno promedio de 1,8% y una mediana de 3%.
Entonces, ¿qué podría frenar su repunte?
El principal impulsor del precio del oro ha sido los bancos centrales. Desde el inicio de la guerra de Rusia contra Ucrania en 2022, estas entidades han duplicado sus compras netas con el objetivo de diversificar sus reservas y reducir su exposición al dólar tras la congelación de activos rusos por parte de EE.UU.
Actualmente, los cinco mayores tenedores de oro (excluyendo al Fondo Monetario Internacional) son EE.UU., Alemania, Italia, Francia y Rusia. ¿Qué ocurriría si esa demanda estructural comenzara a disminuir? O, en un escenario más adverso, ¿si vendieran de forma significativa?
No sería la primera vez. Entre 1999 y 2002, Reino Unido realizó una serie de subastas públicas para vender más del 50% de sus reservas de oro y diversificarse hacia monedas extranjeras. En ese mismo período, Suiza también votó a favor de desvincular el franco suizo del metal.
En los tres meses siguientes al anuncio de Reino Unido, el oro cayó 13%, lo que en términos actuales equivaldría a un retroceso cercano a 650 dólares. Las ventas solo se frenaron cuando varios bancos centrales firmaron el Acuerdo de Washington sobre el Oro, para coordinar y limitar operaciones de gran escala que pudieran afectar los precios. Este mecanismo expiró en 2019, cuando los bancos centrales pasaron, en su mayoría, de vendedores a compradores.
En teoría, tanto las ventas como un eventual estancamiento de la demanda siguen siendo posibles. Sin embargo, ninguno de estos escenarios parece probable, al menos en el corto plazo. He aquí por qué.
En 2025, el oro representaba aproximadamente el 47% de las reservas de las economías desarrolladas, frente al 19% en las emergentes. Entre estas últimas, China se ha consolidado como uno de los actores más relevantes al incrementar de forma sostenida su exposición al metal. Sin embargo, el oro representa solo el 8,6% de sus reservas, según el Consejo Mundial del Oro, lo que sugiere margen adicional para futuras compras. Y no se trata de un caso aislado: Polonia, India y Brasil también han contribuido a sostener esta demanda estructural.
En el caso de los bancos centrales del G-10, no hay indicios de que estén considerando vender. Incluso para la Reserva Federal, ello requeriría cambios legislativos sustanciales y una ruptura significativa con más de un siglo de precedentes. Además, en 2025, el 95% de los bancos centrales esperaba que las tenencias mundiales de oro aumentaran, mientras que el 5% anticipaba que se mantendrían sin cambios. Ninguno de los encuestados preveía una disminución, según una encuesta de YouGov y el Consejo Mundial del Oro.
No hay que olvidar a los inversionistas minoristas. También han acudido al oro en masa. Estos nuevos compradores suelen construir posiciones como cobertura frente al aumento de los riesgos geopolíticos y la incertidumbre macroeconómica.
Si bien este comportamiento ha contribuido al alza de los precios, también conlleva vulnerabilidades. Estos inversionistas podrían deshacer sus posiciones con la misma rapidez con la que las construyeron si los riesgos disminuyen o si llegara a surgir una alternativa de cobertura más atractiva.
La volatilidad registrada a finales de enero lo ilustra con claridad: el oro se disparó 20% en una semana para luego retroceder en la misma magnitud en apenas dos días. Algunos atribuyen este episodio a la influencia de inversionistas de corto plazo.
Para evaluar este argumento, conviene dar un paso atrás. La actividad minorista es elevada, pero no excepcional en comparación con niveles históricos. Las posiciones de oro de los fondos de inversión cotizados en bolsa (un indicador de este tipo de demanda) se sitúan en torno a 100 millones de onzas, lo que equivale a apenas ~8% de las reservas globales en manos de bancos centrales.
Esta cifra se mantiene por debajo del máximo cercano a 110 millones de onzas registrado en 2020 y, aunque podría aumentar, sugiere que la participación minorista no tiene la capacidad de determinar los precios a largo plazo.
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