Economía y mercados
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Los mercados parecen posicionados para un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz. Eso se percibe en los precios de la energía, en las tasas de interés y en la concentración del liderazgo bursátil. Pero si el rumbo cambia, aunque solo fuera marginalmente, hacia la desescalada, el ajuste podría ser rápido y pasar desapercibido. Un precio del petróleo más bajo se traduce directamente en rendimientos a la baja y condiciones financieras más laxas, lo que podría desencadenar una rotación de corto plazo hacia partes del mercado que los inversores han ignorado en gran medida.
Se ha convertido en un patrón familiar. Primero aparece un titular relacionado con Irán. El petróleo se dispara. Reaparecen los temores de inflación. Las tasas de interés suben. Y los inversores se agolpan en las mismas operaciones: energía, activos defensivos y acciones de mega capitalización y crecimiento. Parte de la demanda se basa en fundamentos, pero otra parte está cada vez más impulsada por el ciclo de noticias… y es ahí cuando la narrativa empieza a estirarse.
Los inversores están descontando el valor de la persistencia. Persistencia del riesgo geopolítico. Persistencia de la presión inflacionaria. Persistencia de la concentración en el liderazgo bursátil. Esa visión se apoya en un supuesto clave: que el shock actual va a durar. Pero, ¿y si no es así?
¿Qué aspecto tiene una señal de “todo despejado” en un mundo que se prepara para un impacto mayor?
Las esperanzas de un acuerdo de paz siguen creciendo a medida que más funcionarios de Washington y sus socios internacionales asumen un papel más activo en los esfuerzos de negociación y mediación. En la superficie, parece que hay avances. Aunque queda todavía lejos una resolución de cuestiones clave como el enriquecimiento nuclear, puede que eso no importe para los inversionistas que intentan poner precio a una resolución del conflict –que permitiría restablecer el número de barcos que atraviesan el Estrecho de Ormuz y con ello los flujos del comercio global.
Una trayectoria plausible a corto plazo podría incluir una extensión temporal de las condiciones de alto el fuego junto con una reanudación gradual del tránsito marítimo. Eso tendría un impacto inmediato. Más de 100 millones de barriles siguen, en la práctica, atrapados en la región y podrían volver a entrar en los mercados globales en poco tiempo. Las expectativas de ese escenario ya se están filtrando en los mercados de nicho.
Una reapertura gradual de las rutas de tránsito no solo reduciría los precios del petróleo. También comprimiría la prima geopolítica incorporada en los mercados financieros, aliviaría las escaseces físicas y cambiaría la narrativa macro de tal manera que muchos inversionistas quizá aún no estén posicionados.
Una quinta parte del suministro mundial de petróleo pasa por el Estrecho de Ormuz. Cuando los flujos se interrumpen, los mercados energéticos reaccionan de inmediato. Pero cuando el suministro se reanuda, los precios pueden normalizarse con la misma rapidez. Y eso tiene efectos en cadena, especialmente en el mercado de bonos. El mecanismo de transmisión es sencillo: los precios de la energía alimentan la inflación, las expectativas de inflación alimentan las probabilidades de política monetaria, y las expectativas de política afectan a los rendimientos de los bonos.
Un retroceso del precio del petróleo probablemente empujaría a la baja los rendimientos de los bonos a nivel global, a medida que los inversores reevalúan la necesidad de subidas de tasas. Podría aliviar la presión sobre las cadenas de suministro —un problema cada vez más agudo— y reducir los costes de insumos en las industrias que hacen uso más extensivo de la energía. Esto, a su vez, podría catalizar una rotación de vuelta hacia algunos rincones rezagados del mercado de renta variable, lo que podría desencadenar un cambio repentino en el liderazgo bursátil, al menos temporalmente.
Esto no es algo inédito. Los mercados a menudo se pasan de rosca en ambos sentidos: primero ponen precio a lose scenarios más pesimistas y luego se retractan cuando la realidad resulta más estable de lo inicialmente esperado.
Mientras continúa el fulgurante rally del S&P 500, bajo la superficie las ganancias siguen concentradas en las operaciones vinculadas a la inteligencia artificial (IA). Semiconductores, memoria y acciones de computación continúan impulsando los retornos, y algunas partes del mercado están cotizando cerca del doble de lo que estaban a comienzos de año, lo que genera una amplia dispersión de desempeño dentro del mercado bursátil.
En muchas partes del despliegue de la IA, la demanda sigue superando a la oferta. Basta con mirar el crecimiento de beneficios. Las estimaciones al entrar en la temporada de resultados del primer trimestre eran de ~13%. No solo las ganancias corporativas superaron esas estimaciones, sino que saltaron por encima del 28%. Excluyendo ganancias puntuales, la cifra es de casi el 20%. Incluso el software —el sector que quizá ha visto más disrupción— no registró revisiones negativas. De hecho, fue revisado al alza pese a la volatilidad del primer trimestre.
A diferencia del boom tecnológico de principios de siglo, esto no es finales de los 90: los beneficios son reales y se están acelerando con fuerza.
Pero junto con la superioridad de los sectores de momentum —que en una ventana de 65 días se sitúa actualmente en el percentil 98 considerando los últimos 15 años— llegan las operaciones abarrotadas.
Los sectores cíclicos como financieros, consumo discrecional, consumo básico y REITs se mantienen relativamente apagados. Una reapertura del Estrecho de Ormuz y la consiguiente caída tanto del precio del petróleo como de los rendimientos de los bonos podría redirigir flujos hacia estos segmentos, al menos en el corto plazo, a la vez que reinicia los flujos de capital que han estado plenamente volcados en la operación de IA. Que empiece la rotación.
A nivel internacional, el panorama es similar. Europa ha quedado rezagada mientras experimentaba el mayor shock en términos de intercambio, y podría beneficiarse de una rotación de corto plazo, especialmente en los sectores más expuestos a la disrupción energética como aerolíneas y retail. El cambio incluso podría beneficiar a bancos y mineras en el corto plazo.
Los inversores se preparan para más de lo mismo. Pero la operación de desescalada, en última instancia, trata de una rotación. Si el shock se desvanece, el deshacer posiciones podría ser tan rápido como la fijación inicial del riesgo —antes de que los mercados vuelvan a asentarse en sus tendencias de largo plazo.
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