En apenas 10 días, el panorama ha cambiado radicalmente. La llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal, sumada a la fuerte corrección de los precios del petróleo, ha alterado dos de los principales factores que habían definido el comportamiento de los mercados durante los últimos meses.
La posibilidad de que el conflicto en Irán impulsara los precios del petróleo había dominado las expectativas del mercado. Sin embargo, tras alcanzar los 126 dólares por barril a finales de marzo, el crudo ha retrocedido más del 40% en apenas 60 días, con la mayor caída concentrada en las últimas semanas. Para los consumidores estadounidenses, este descenso ha supuesto un alivio: el precio promedio nacional de la gasolina pasó de superar los 4,50 dólares por galón a situarse por debajo de los cuatro dólares, lo que ha disipado parte de los temores de que el encarecimiento de la energía afecte el gasto de los hogares.
No obstante, el cambio más significativo se produjo a mediados de junio, con la primera reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) bajo la presidencia de Kevin Warsh. Aunque durante años se le había considerado favorable a una política monetaria más acomodaticia, su primera reunión marcó un giro hacia un tono claramente más restrictivo que el observado al final del mandato de su predecesor, Jerome Powell. De hecho, los inversionistas ya habían reducido sus expectativas de recortes en las tasas de interés ante las presiones inflacionarias derivadas del aumento de los precios de las materias primas y la fortaleza de los datos económicos.
Pronósticos escritos "con lápiz… y una gran goma de borrar"
En teoría, una inflación por encima del objetivo del 2% de la Reserva Federal deja poco margen para reducir las tasas de interés. Sin embargo, durante la etapa final de la presidencia de Powell, la percepción de un debilitamiento del mercado laboral dio paso a una serie de recortes preventivos de las tasas que impulsaron el desempeño de los activos de riesgo.
Ese contexto también llevó a muchos inversionistas a buscar refugio en activos reales capaces de preservar su valor frente a la inflación. El oro es un claro ejemplo: su cotización pasó de 3.500 dólares por onza troy en septiembre del año pasado a un máximo cercano a los 5.500 dólares en enero, reflejo de una política monetaria más acomodaticia.
La primera reunión de Warsh marcó un punto de inflexión.
El comunicado de política monetaria fue considerablemente más breve, eliminó las referencias a la orientación futura de la política monetaria y dejó de lado el lenguaje que el mercado interpretaba como una señal de flexibilización. Al mismo tiempo, el Resumen de Proyecciones Económicas (SEP, por sus siglas en inglés) revisó al alza las previsiones de inflación y reflejó un sesgo más restrictivo en el diagrama de proyecciones de tasas de interés. Además, la decisión se presentó como "clara y unánime" en su compromiso con la estabilidad de precios, en marcado contraste con la estrategia de comunicación de la era Powell, caracterizada por un uso intensivo de la orientación futura y gestión de las expectativas.
El propio Warsh reconoció el elevado nivel de incertidumbre al señalar que las proyecciones se elaboraban "con lápiz… y una gran goma de borrar", en alusión a la rapidez con la que cambian las condiciones económicas tanto en Estados Unidos como a escala mundial. Aun así, los mercados interpretan que la Reserva Federal está menos dispuesta a tolerar una inflación por encima de su objetivo. Como resultado, las expectativas del mercado han disminuido de forma significativa y, tanto a dos como a 10 años, ya se sitúan por debajo de los niveles registrados antes del conflicto con Irán.