Economía y mercados
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Es un patrón ya conocido: surge un nuevo modelo de inteligencia artificial (IA) capaz de realizar una tarea humana —o alguien afirma que podría hacerlo— y de inmediato se instala la idea de que ahora volverá obsoletos algunos trabajos. Los inversionistas reaccionan con pánico, el sector afectado sufre fuertes ventas y, de pronto, los flujos de caja y los fundamentos pasan a segundo plano. Predomina entonces la incertidumbre sobre si esa industria seguirá existiendo en dos años. La extrapolación deriva en histeria, se desata la venta generalizada y el ciclo vuelve a empezar.
Ante la inquietud que despierta la IA, hay un segmento del mercado que se ha visto arrastrado por la venta indiscriminada: la ciberseguridad. Si la inteligencia artificial puede aumentar la eficiencia en funciones tradicionales de oficina hasta el punto de volver redundantes ciertas tareas humanas, cabe imaginar lo que podría hacer en términos de frecuencia, sofisticación e intensidad de ataques automatizados, sin mencionar su capacidad de operar a gran escala.
En ese punto confluyen la fragmentación geopolítica y la revolución tecnológica. Cuanto más se incorporen modalidades de confrontación basadas en IA en los conflictos internacionales, mayor será el gasto de gobiernos y empresas en defensa. En la práctica, esto implica usar a esta misma tecnología para defenderse de sí misma.
Y esta vez, en lugar de limitarse a alterar una industria, la ha acelerado a un ritmo sin precedentes (aunque el mercado aún no lo perciba). El 16% de los ciberataques corporativos1 ya se genera mediante inteligencia artificial y su impacto es un 24% más severo2 —y esta proporción sigue en aumento—. El riesgo empresarial de equivocarse es, sencillamente, demasiado alto. Además, cuanto más se amplíen los casos de uso de esta tecnología, más frentes deberán ser protegidos por empresas y gobiernos. Están en riesgo los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM), los datos, los agentes autónomos y el código, entre otros componentes críticos.
En 2025, el costo promedio global de una brecha de datos se situó en 4,4 millones de dólares3, lo que marca la primera disminución en cinco años, según un informe de IBM. La mejora responde a una detección y contención más rápidas. Sin embargo, entre las empresas que sufrieron incidentes de seguridad vinculados a la inteligencia artificial, el 97% no contaba con mecanismos de protección adecuados4. Estar desprotegido no solo implica un riesgo elevado, sino también un costo potencialmente muy alto, en un contexto en el que los conflictos empiezan a librarse tanto con líneas de código como sobre el terreno.
Anthropic, una de las compañías líderes en inteligencia artificial, lo experimentó de primera mano cuando actores externos manipularon el código de su modelo Claude para lanzar ciberataques. Estos no solo se dirigieron contra la propia empresa, sino también contra grandes tecnológicas, instituciones financieras y agencias gubernamentales, y requirieron apenas entre 10% y 20% de intervención humana.
El episodio puso de relieve que estos sistemas no solo pueden ejecutar ofensivas sofisticadas que, en otras circunstancias, exigirían un equipo completo de hackers experimentados, sino que también se han vuelto indispensables para la defensa.
En un mundo cada vez más fragmentado, las preocupaciones en materia de seguridad aceleran la necesidad no solo de inteligencia artificial, sino de desarrollarla y controlarla a nivel nacional. Ya no basta con innovar. Los países deben repatriar su infraestructura digital, priorizar la soberanía de los datos y ampliar el papel de las empresas dispuestas a invertir en objetivos de interés público. Pero ese es solo el primer paso. El siguiente consiste en proteger esa infraestructura y reforzar la resiliencia frente a amenazas tanto físicas como digitales.
Para hacer frente a este desafío, el mundo está invirtiendo a un ritmo y en una magnitud sin precedentes. Se proyecta que el gasto global en ciberseguridad alcance los 240 mil millones de dólares en 2026 y crezca a una tasa compuesta anual del 11% hasta situarse en 320 mil millones en 2029. Dentro de esa cifra, el gasto en soluciones de ciberseguridad impulsadas por inteligencia artificial avanza entre tres y cuatro veces más rápido5.
En un contexto de aumento generalizado del gasto militar a nivel mundial, una proporción cada vez mayor se orienta hacia este ámbito. Solo Estados Unidos ha propuesto para 2027 un presupuesto de 1,5 billones de dólares, lo que supone un incremento de más del 50% respecto al año anterior. Distribuidos entre distintos departamentos y agencias federales, estos recursos asignan una parte significativa —y creciente— a la ciberseguridad, inteligencia artificial y otras capacidades digitales.
Al otro lado del Atlántico, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha fijado objetivos de gasto equivalentes al 3,5% del Producto Interno Bruto (PIB) de sus miembros, con un 1,5% adicional destinado a infraestructura vinculada a la defensa, partida que también incluye inversiones en seguridad digital y cibernética.
Y aún queda trabajo por hacer. No basta con aumentar el gasto en defensa, también es necesario establecer marcos normativos que permitan responder con eficacia. Esto es precisamente lo que está ocurriendo en distintas partes del mundo. En América Latina, por ejemplo, el Banco Mundial ha identificado uno de los mayores crecimientos en ciberataques reportados. Como consecuencia, la gestión de este riesgo se ha convertido en una prioridad en el desarrollo de legislación y políticas públicas.
La dinámica es clara: a medida que empresas y gobiernos amplían el uso de inteligencia artificial, los ataques se vuelven más frecuentes y sofisticados, y aumenta el número de sistemas que deben protegerse. Esto impulsa mayores asignaciones presupuestarias en seguridad y marcos regulatorios. Se configura así un respaldo fiscal estructural. La tecnología se emplea para contrarrestar amenazas generadas por ella misma. El sector no solo resiste, sino que se expande.
En una era marcada por el nerviosismo en torno a la inteligencia artificial, esta dinámica de largo plazo puede no percibirse de inmediato. La ciberseguridad, al fin y al cabo, está sujeta a las mismas reacciones impulsivas del mercado. También registró fuertes ventas cuando Anthropic presentó una herramienta capaz de detectar vulnerabilidades en línea. Sin embargo, todavía no ha demostrado que pueda hacerlo en tiempo real, aunque se asume que eventualmente lo logrará. Ahí está el riesgo.
Con todo, ello no altera la dirección estructural de la tendencia. Históricamente, los responsables de políticas públicas han buscado involucrar a múltiples actores en la construcción del aparato de protección. La convergencia entre las prioridades gubernamentales y la necesidad crítica de soluciones avanzadas de defensa basadas en IA apunta a un mayor gasto corporativo y a la ampliación de los contratos federales. Y no parece que esta trayectoria vaya a revertirse en el corto plazo.
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