Estrategia de inversión
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La historia recoge múltiples episodios vinculados al mercado del petróleo: el embargo de 1973, la crisis de 1979 y, más recientemente, el encarecimiento posterior a la guerra en Ucrania en 2022. Si bien cada evento tuvo efectos relevantes sobre la economía global, con el tiempo los mercados y los responsables de la política económica han perfeccionado su capacidad para gestionar interrupciones de oferta. La producción puede reequilibrarse y las reservas estratégicas pueden movilizarse; pese a su impacto, estos episodios suelen ser acotados en el tiempo.
La situación es distinta cuando el ajuste proviene de la demanda. A diferencia de las restricciones del lado de la oferta, la contracción de la demanda es más difícil de revertir: una vez que los hogares moderan el consumo, los patrones de gasto se reconfiguran y el crecimiento se resiente. En ese contexto, un nuevo episodio que afecte al mercado del petróleo podría incidir sobre la actividad no tanto por la disponibilidad de combustibles, sino a través de una posible corrección en los mercados de renta variable, con efectos sobre la riqueza financiera de los hogares.
Es pertinente señalar que este escenario no está dado de antemano. No se prevé que el conflicto en Irán se prolongue. Además, esta hipótesis no incorpora eventuales ajustes de la política monetaria, medidas de apoyo fiscal ni incrementos de la producción procedentes de recursos no convencionales en Estados Unidos o de proyectos en alta mar a escala global, factores que probablemente se activarían si los precios del petróleo permanecieran elevados y la actividad mostrara signos de desaceleración.
El modelo de inflación de la Reserva Federal estima que un incremento de 10 dólares en el precio del petróleo eleva la inflación en un 0,35%. Con esa pauta como referencia, un conflicto de tres a seis meses que llevara el barril a 100 dólares implicaría un aumento aproximado del 1,4% en la inflación. A partir de ese punto, la cifra seguiría al alza: cuanto mayor sea la duración del conflicto, más elevados serán los precios del petróleo y más directa será la transmisión a la inflación.
La buena noticia es que el impacto sobre el comportamiento de los consumidores tarda en trasladarse a los indicadores; por ello, si la disrupción es breve, sus efectos pueden ser limitados. Un ejemplo ilustrativo es la Guerra del Golfo de 1990–1991, cuando Irak invadió Kuwait, uno de los principales productores de petróleo. Los precios del petróleo se duplicaron, las bolsas retrocedieron más de un 20% y aumentó la probabilidad de recesión. En el plazo de tres meses, los precios volvieron a estabilizarse. La rapidez del ajuste fue determinante.
En la actualidad, un escenario similar podría generar mayores tensiones, incluso si su duración fuese de apenas tres meses. Además, los mercados anticipan que las cotizaciones del Brent se mantendrán por encima de los niveles previos al conflicto hasta mediados de 2027, dado que, aun con una resolución rápida, el retorno a la plena capacidad de producción sería gradual y los riesgos para el medio plazo seguirían siendo elevados.
Los efectos indirectos de un incremento del precio del petróleo no se limitan a la inflación derivada de los precios en las gasolineras ni a los riesgos asociados a rutas de tránsito como el mar Rojo o el estrecho de Ormuz. También impactan en el mercado bursátil. Ese es el mecanismo de transmisión que convierte esta situación no solo en un fenómeno del lado de la oferta, sino en uno con capacidad para reducir la demanda. Y ello puede resultar aún más adverso para la economía global.
Los hogares estadounidenses han estado gastando a un ritmo que supera el crecimiento de sus ingresos durante los últimos 18 meses. Con patrimonios en máximos históricos, el 25% de la riqueza neta proviene de inversiones en bolsa.
Impulsados por el repunte del mercado bursátil, los consumidores se guían más por el valor de sus activos que por los pequeños aumentos de sueldo. En un entorno de mercados alcistas, ese impulso se transmite a la economía: se percibe un mayor saldo en ahorros, inversiones y planes de jubilación, lo que a su vez incentiva un mayor gasto. Este fenómeno se conoce como efecto riqueza.
Pero eso también expone a la economía de manera desigual. Si los precios de los activos descienden, el consumo puede reducirse con mayor intensidad, y el encarecimiento del petróleo refuerza la presión inflacionaria sobre la actividad. En otras palabras, si la bolsa cae, los inversores perciben el impacto —aunque sea únicamente en términos contables— y adoptan una postura más prudente al realizar compras. Si, además, aumentan los precios de la gasolina, a los consumidores les resulta todavía más difícil recuperar el nivel de gasto.
Un precio del petróleo sostenido en torno a 90 dólares por barril probablemente daría lugar a una caída del 10%–15% en el S&P 500. A medida que el precio se acerque a 120 dólares por barril y lo supere, las ventas en el S&P 500 se intensificarán. Las implicaciones trascienden a Estados Unidos. Los mercados internacionales y emergentes suelen presentar una mayor sensibilidad a las perturbaciones del crecimiento global, de modo que la repercusión en el exterior podría ser aún mayor. El cambio en el rendimiento relativo ya es perceptible desde el inicio del conflicto.
Desde la perspectiva del crecimiento, cada descenso del 10% en la bolsa estadounidense puede reducir el gasto de los consumidores en un 1%. Ahora, si se consideran ambos factores a la vez, la combinación de precios del petróleo sostenidamente más altos y un mercado bajista del S&P 500 ejerce presión sobre la demanda y aumenta de forma significativa el impacto sobre el crecimiento.
No obstante, frente a problemas de transporte y de producción de petróleo, el mercado bursátil tiene un efecto más inmediato en el comportamiento del consumidor que los precios en la gasolinera. Y si la reacción del mercado es lo suficientemente pronunciada, la próxima disrupción en la oferta de petróleo no será solo un problema de oferta: también podría convertirse en uno de demanda. El entorno sigue siendo volátil y no hay garantías sobre el resultado, pero la solidez del consumidor y el mayor grado de independencia energética dejan a Estados Unidos mejor posicionado para soportar la situación que sus pares internacionales.
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