Estrategia de inversión
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La cumbre entre Estados Unidos y China no busca un reinicio en su relación, sino de ver si las dos mayores economías del mundo pueden hacer más manejable una relación ya frágil. Un contacto de máximo nivel como este ha sido poco frecuente: la última visita de un presidente estadounidense a China fue en 2017; desde entonces, la relación se ha caracterizado por una confrontación intermitente, presiones de desacoplamiento y la búsqueda de ventajas económicas sobre la otra nación.
A medida que los flujos comerciales han disminuido y las cadenas de suministro se han reconfigurado, ambas partes se han mostrado más dispuestas a poner a prueba las vulnerabilidades de la otra. Sin embargo, los vínculos siguen siendo lo suficientemente importantes como para que una escalada desmesurada aún tuviera consecuencias para el crecimiento, la inflación, las cadenas de suministro y los mercados.
La clave es cómo será un nuevo equilibrio Estados Unidos–China. Interactuar por el mero hecho de interactuar aporta pocos beneficios. Incluso durante la Guerra Fría, los rivales cooperaban cuando el coste de no hacerlo era demasiado alto. Para los mercados, una menor incertidumbre de política económica sería una señal constructiva, especialmente para el comercio global, China y el conjunto de los mercados emergentes.
Estas son las cinco fuerzas que, en nuestra opinión, configurarán ese equilibrio.
El vínculo comercial Estados Unidos–China se ha debilitado, pero no ha desaparecido. Las exportaciones estadounidenses de bienes a China cayeron un 25,8% en 2025, mientras que las importaciones estadounidenses de bienes desde China retrocedieron un 29,7%. Aun así, el comercio bilateral de bienes supuso un total de $414,7 mil millones el año pasado, incluidos $308,4 mil millones de importaciones estadounidenses desde China y $106,3 mil millones de exportaciones estadounidenses a China.
China sigue dependiendo del comercio, solo que menos de Estados Unidos. La proporción de importaciones estadounidenses procedentes de China ha bajado dentro del total, pero el saldo comercial global de China sigue siendo históricamente elevado. El desacoplamiento está en marcha, pero es probable que una parte significativa del comercio se esté redirigiendo a través de otros mercados.
Los aranceles son el punto de presión más visible. El arancel efectivo promedio de Estados Unidos sobre las exportaciones chinas ha subido a ~24%, mientras que el arancel efectivo promedio de China sobre las exportaciones estadounidenses se sitúa en ~32%. Hoy, ambos gravámenes abarcan esencialmente todo el comercio bilateral de bienes.
Pero los aranceles son solo una parte de las relaciones entre EE. UU y China. Estados Unidos puede presionar a China a través del sistema financiero basado en el dólar, los controles a la exportación de semiconductores y las restricciones a la inversión. China, por su parte, cuenta con sus propios puntos de presión: las tierras raras, las cadenas de suministro manufactureras, el acceso a mercado y las compras de bienes estadounidenses.
La cadena de suministro de tierras raras es especialmente relevante. China representa aproximadamente el 70% de la extracción de materias primas en tierras raras, el 90% de la separación y el procesamiento, y el 93% de la fabricación de dispositivos magnéticos, según el Center for Strategic and International Studies. En el caso específico de las tierras raras para dispositivos magnéticos, la International Energy Agency señala que China exportó en 2024 suficientes elementos magnéticos de tierras raras como para abastecer componentes para millones de automóviles, motores industriales o aeronaves, o bien para miles de sistemas militares estratégicos, centros de datos o aerogeneradores. Esa concentración convierte a los minerales críticos en una cuestión macroeconómica, no en una parte residual de las cadenas de suministro.
Ambas partes conocen ya los puntos de presión. El objetivo es gestionarlos antes de que se conviertan en disrupciones.
Taiwán sigue siendo el principal foco de tensión en las relaciones Estados Unidos–China, sobre todo porque se sitúa en la intersección entre seguridad, tecnología y cadenas de suministro de semiconductores. Para China, el asunto continúa siendo prioritario; no sorprende que la reunión se abriera con una declaración contundente del líder chino. Las implicaciones económicas son elevadas para ambos: una estimación sugiere que un bloqueo de Taiwán podría reducir el PIB de Estados Unidos en un 5% y el de China en un 9%.1 Esto subraya por qué ninguna de las dos partes se beneficia de una crisis en la región.
Irán es la complicación a corto plazo. China compra más del 80% del petróleo iraní enviado al exterior, según datos de Kpler. En otras palabras, Irán es un asunto de seguridad energética para China y un riesgo inflacionario para los mercados globales; en Estados Unidos, los precios de la gasolina se dispararon un 20% en el mes de marzo.
La estabilización económica aún puede avanzar incluso cuando las cuestiones geopolíticas siguen sin resolverse.
Las tensiones Estados Unidos–China ya no se limitan al canal del comercio bilateral. La Nueva Ruta de la Seda (China’s Belt and Road Initiative) de China abarca alrededor de 150 países, lo que otorga a Pekín una amplia plataforma para comercio, infraestructura e influencia en los mercados emergentes. La actividad reciente evidencia su magnitud: la implicación china en los países involucrados en la iniciativa alcanzó niveles récord en 2025, con $128,4 mil millones en contratos de construcción y $85,2 mil millones en inversión.
Estados Unidos está respondiendo desde su propia óptica estratégica. La competencia gira cada vez más en torno a infraestructura, cadenas de suministro, materias primas, estándares tecnológicos y alineamiento geoestratégico. Para muchos países, el desafío no es elegir un bando en cada asunto. Es gestionar los costes de operar en un sistema global más fragmentado, donde la inversión, el acceso comercial y las relaciones de seguridad están cada vez más interconectados.
El equilibrio Estados Unidos–China se sentirá mucho más allá de Estados Unidos y China.
Esta no será la última vez que los presidentes de Estados Unidos y China puedan reunirse. Hay varios posibles hitos de contacto que podrían producirse a lo largo del próximo año. Eso hace que la cumbre más reciente sea menos un episodio aislado y más un preludio de una distensión prolongada. Importa menos el diálogo en sí y más si futuros encuentros generarán mecanismos que ayuden a gestionar disputas sobre aspectos como los canales de comercio e inversión, compromisos de compra, inteligencia artificial, el lenguaje arancelario o foros de trabajo a nivel técnico.2
Ahí reside la clave para reducir el riesgo de que fricciones económicas se conviertan en disrupciones de mayor alcance.
Para los mercados, la señal constructiva es una menor incertidumbre. Una menor probabilidad de disrupciones de la política económica podría respaldar el ánimo hacia el comercio global, China y el conjunto de los mercados emergentes, especialmente en un contexto en el que la fragmentación y la IA siguen siendo motores centrales del panorama de inversión más amplio. El diálogo no implica un reinicio, sino una prueba de si las dos mayores economías del mundo pueden hacer de su frágil relación una más predecible.
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