La noticia más trascendental para América Latina en 2026 no se produjo en las urnas, sino cuando fuerzas estadounidenses capturaron a principios de enero al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en una operación nocturna y lo trasladaron a Nueva York para responder a cargos por narcoterrorismo. Este episodio puso de relieve, sobre todo, la renovada atención de Washington hacia el hemisferio, como parte de una “trumpificación” más amplia.
Este mayor foco de Estados Unidos coincide con un giro hacia la derecha que ya venía cobrando fuerza, en medio de un superciclo electoral marcado por el triunfo de gobiernos conservadores en la mayoría de las principales elecciones presidenciales. Brasil, la mayor economía latinoamericana, es el último gran país que aún debe acudir a las urnas, en octubre.
Al mismo tiempo, se observan crecientes diferencias entre países, con panoramas macroeconómicos que muestran dinámicas cada vez más propias. Los retornos han fluctuado al ritmo de los precios de las materias primas, las expectativas sobre las tasas de la Reserva Federal y las tasas locales, los movimientos cambiarios y los fenómenos climáticos. Sin embargo, es en la política donde hoy se concentran los mayores riesgos y oportunidades.
La geopolítica y la demanda de inteligencia artificial (IA) también han favorecido su posición en el comercio mundial. Como exportadora de energía y materias primas, América Latina se ha beneficiado de un entorno más firme para el petróleo y los metales, mientras que el auge sostenido de la IA ha impulsado la demanda de minerales críticos (principalmente cobre), de los que es un importante proveedor.
En conjunto, las oportunidades y los riesgos están estrechamente entrelazados. En lugar de buscar una única lectura, hoy dejamos que hablen los siete gráficos que más llamaron nuestra atención y las señales que, a nuestro juicio, ofrecen sobre las perspectivas futuras.
1) Ganar la presidencia no garantiza el control del Congreso
Aunque la derecha sigue imponiéndose en las urnas y el giro político es evidente, los vencedores llegan al poder por márgenes extremadamente estrechos y sin una representación legislativa equivalente, una dinámica que podría resumirse como “victoria, no mandato”.
Esto suele traducirse en una menor capacidad para aprobar reformas importantes, una mayor dependencia de las medidas del Ejecutivo, más incertidumbre política y contrapesos institucionales y legislativos que limitan el alcance de los cambios. Por lo tanto, el principal riesgo para los inversionistas y los responsables de las políticas públicas no radica en el rumbo de los gobiernos, sino en su capacidad para llevar adelante sus agendas en entornos fragmentados y polarizados.