Entonces, ¿qué debería hacer realmente un inversionista de largo plazo?
La respuesta más sólida ante una posible burbuja no consiste en predecir el riesgo, sino en gestionarlo mediante tres hábitos que parecen sencillos, aunque llevarlos a la práctica resulta más difícil: no refugiarse en efectivo por miedo, permanecer invertido y diversificar de manera deliberada. Ya hemos analizado los dos primeros: el efectivo erosiona silenciosamente el poder adquisitivo y permanecer invertido superó a mantenerse en efectivo en todos los escenarios anteriores. El tercero, “diversificar”, es el consejo que más se repite y uno de los que menos se comprenden.
“Diversificación” se ha convertido en una de las palabras más utilizadas en el mundo de las inversiones: todos asienten al oírla, pero rara vez se define. En la práctica, adquiere un significado distinto para cada persona, según sus objetivos, patrimonio, carrera profesional y etapa de la vida. Para un ahorrador joven, significa no apostarlo todo a la temática que en ese momento está disparándose. Para un empresario cuyo capital está concentrado en una sola compañía, implica generar fuentes de ingresos fuera de ese negocio. Para un alto ejecutivo, supone asegurarse de que su cartera no sea simplemente un reflejo del sector que ya le proporciona sus ingresos. La palabra es la misma; lo que exige, no.
Ahí es donde la planificación basada en objetivos da un significado concreto a la diversificación. En lugar de tratarla como una virtud vaga, plantea para qué sirve realmente cada parte del patrimonio. La respuesta conduce a estrategias diferentes.
- El dinero que necesitará pronto exige protección: estabilidad y acceso. Ahí es donde el efectivo y los bonos de corto plazo tienen cabida por diseño, no por miedo.
- Para el dinero que necesitará dentro de varios años o décadas, la prioridad es no permitir que una sola temática determine el resultado. En este caso, el riesgo no es la volatilidad, sino la concentración. Distribuir las inversiones entre estilos, tamaños, geografías y clases de activos permite atravesar las burbujas sin depender de acertar cuándo se producen.
- El dinero pensado para perdurar más allá de su propia vida puede asumir más riesgo porque, en un horizonte más largo, el enemigo no es una caída del mercado, sino mantener una postura excesivamente cautelosa durante demasiado tiempo.
Y aquí está la parte que casi nadie acepta: si de verdad está diversificado, siempre habrá algo en su cartera que se quede rezagado; si todo sube al mismo tiempo, nunca lo estuvo. Tolerar ese activo rezagado es el precio de la protección, y en ningún momento resulta más difícil que durante una burbuja, cuando todo lo que queda fuera de la temática de moda parece una mala inversión precisamente en el momento en que más tienta abandonar la disciplina.
Bien entendida, la diversificación va más allá de lo que posee: también tiene que ver con el origen de su patrimonio.
Cuando su salario, las acciones de su empresa y su cartera dependen de la misma temática —sobre todo si el mercado la ha llevado a valuaciones elevadas—, una corrección golpea al mismo tiempo sus ingresos, su patrimonio neto y sus inversiones. Una cartera con muchas acciones distintas puede parecer diversificada sobre el papel y, aun así, seguir expuesta precisamente a aquello que preocupa a todos. Si su medio de vida ya depende de esa temática, la función de su cartera es servir de contrapeso, no redoblar la apuesta.
¿Y si ya tiene una posición?
Para muchos, esta es la verdadera pregunta: no “¿está el mercado en una burbuja?”, sino “¿qué hago con la gran posición que ya tengo en aquello que preocupa a todo el mundo?”.
No necesita tener una opinión sobre la burbuja para responder; basta con plantearse lo siguiente: ¿esta posición representa una parte de su futuro mayor de la que elegiría deliberadamente? Una concentración que surgió de forma accidental porque una inversión simplemente creció es muy distinta de una que construiría hoy. Si preguntara a la mayoría de las personas si destinarían desde cero esa proporción de su patrimonio neto a una sola posición, responderían que no. Esa diferencia es la que hay que gestionar.
No tiene por qué implicar una salida drástica: puede reducir gradualmente la posición hasta alcanzar el peso que realmente elegiría; dirigir el nuevo capital a otras inversiones, en lugar de vender y generar una obligación fiscal; y —esta sí es una línea roja— nunca mantener una posición concentrada con apalancamiento. De lo contrario, incluso acertar a largo plazo puede terminar obligándolo a vender en el peor momento posible.
Nada de esto exige anticipar el estallido. Simplemente procura que, si llega una corrección, esta afecte a una posición dimensionada de acuerdo con su plan y no a una tan grande que pueda descarrilarlo. Las cuestiones fiscales, de liquidez y del momento adecuado son precisamente las que conviene analizar con su asesor.
Un plan que no necesita pronósticos
Observe qué tienen en común todas estas medidas: ninguna exige saber si el mercado actual está en una burbuja. Ese es el poder discreto de la planificación basada en objetivos. Al dividir el patrimonio en distintos bloques —liquidez, estilo de vida, legado y crecimiento a perpetuidad—, cada uno con su propio propósito y horizonte temporal, pone el comportamiento a su favor.
Cuando cada bloque tiene una misión propia, ocurre algo muy poderoso: la volatilidad de los activos de largo plazo deja de percibirse como una amenaza para los de corto plazo. El dinero que necesitará pronto está protegido; el destinado a crecer puede comportarse como corresponde a los activos de crecimiento: fluctuar mientras se capitaliza con el tiempo. Y mantener el rumbo resulta mucho más fácil, porque ya no se le exige al mercado que se comporte de una determinada manera. Por eso, la pregunta útil nunca fue “¿estallará la burbuja?” ni “¿podré salir a tiempo?”, sino “¿qué necesita lograr cada parte de esta cartera y está diseñada para conseguirlo, independientemente de lo que haga el mercado?”.
Las burbujas seguirán formándose —la naturaleza humana lo garantiza— y lo que distingue a los inversionistas capaces de atravesarlas no es una mayor habilidad para anticipar el máximo, sino contar con un plan lo bastante sólido como para no tener que hacerlo.