América Latina no es solo la región que más está sufriendo los estragos del COVID-19, pero posiblemente será también donde las secuelas de esa tormenta dejarán las cicatrices más profundas.

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Luego de causar enormes pérdidas en varias partes del mundo, la sombra del COVID-19 ha ido creciendo poco a poco hasta llegar a América Latina con una ferocidad despiadada, dejando a su paso incalculable dolor, así como gran destrucción económica y abundante incertidumbre. Pero en esa esquina del mundo habitada por más de 650 millones de individuos, dignos y solidarios, la tragedia humana aún no ha cobrado su última víctima y sus consecuencias son cada vez más devastadoras. Para muchos, América Latina no es solo la región que más está sufriendo los estragos de la gran tormenta producida por el contagioso y temido COVID-19, pero será también la región donde las secuelas de esa tormenta dejarán las cicatrices más profundas.

Bienvenidos a una nueva presentación de audio de El Pulso de América Latina. Mi nombre es Franco Uccelli, y soy el Director Ejecutivo y Jefe de Estrategia de Inversiones de Clientes Latinoamericanos de J.P. Morgan Private Bank. Hoy, iremos más allá de la tragedia humana que el COVID-19 está causando alrededor del mundo, y haremos una evaluación del extraordinario daño económico que el virus le está propinando a América Latina, así como de las consecuencias a largo plazo que ese daño podría tener en una región que de un tiempo a esta parte, sin intención ni pretensión alguna, se ha ubicado en el ojo mismo de la tormenta.

Así como hace medio milenio virus desconocidos en América Latina arrasaron con poblaciones indígenas, un nuevo virus global ha convertido a la región meridional en el epicentro de una pandemia. Hasta el momento, hay un millón y medio de casos confirmados de COVID-19 en América Latina y los expertos advierten que la cifra real podría ser mucho mayor. El número de nuevos casos sigue escalando de forma alarmante y pareciera ser que lo peor de la pandemia todavía está por venir. Demoras en la implementación de protocolos de distanciamiento social, incumplimiento con estos protocolos una vez establecidos e inversiones insuficientes en los sistemas de salud parecieran ser los principales culpables de que América Latina haya dejado de ser un mero espectador en la batalla global contra el COVID-19, como lo fue inicialmente, y se haya convertido en el protagonista principal.

Detrás de los Estados Unidos, Brasil es hoy día el segundo país con el mayor número de casos de COVID-19 del mundo. A pesar de ello, su presidente, Jair Bolsonaro, ha minimizado el riesgo de la pandemia, describiendo al virus como el causante de una leve gripe y nada más. Mientras tanto, Perú y Chile, flamantes ejemplos de eficiencia económica, cerraron sus fronteras e impusieron cuarentenas severas a mediados de marzo, antes de que muchos otros países lo hicieran. Sin embargo, un par de meses más tarde Perú tenía ya el segundo número más alto de casos confirmados de COVID-19 de América Latina y Chile el tercero. Desafortunadamente, la situación se ha deteriorado rápidamente en ambos países a pesar de los grandes y costosos esfuerzos de sus gobiernos por contener el virus. Muchos expertos atribuyen esta triste realidad al alto número de informalidad que hay en la región. Se calcula que alrededor de 55% de la fuerza laboral de América Latina, o cerca de 140 millones de trabajadores, son parte de la economía informal. En medio de una pobreza endémica, sin ahorros y con cuantiosas familias que alimentar, muchos trabajadores informales no tienen más remedio que violar las cuarentenas y otras restricciones y exponerse al contagio del cruel virus en su afán por obtener comida para sus hijos o algún tipo de ingreso que les permita sobrevivir.

El costo económico de la pandemia ha sido insólito y aterrador. La afilada y frecuente reducción en las proyecciones de crecimiento muestra que muchos países de América Latina están bajo mucho estrés. La economía regional probablemente se contraiga más de 8% en términos reales este año, su caída más severa en más de un siglo, como consecuencia del congelamiento de gran parte de la producción que resultó de la imposición de medidas restrictivas para evitar la fugaz propagación del virus. Y con la demanda global igualmente deprimida, aquellos países de América Latina que dependen del comercio internacional para nutrir sus economías han tenido que, en la medida de lo posible, valerse de sí mismos.

Ante el flagelo de una tormenta perfecta, mucha gente teme que América Latina, más que cualquier otra región del mundo, será la que sufra las consecuencias económicas más devastadoras de la pandemia, tanto en el corto como en el largo plazo. Además de una contracción económica sin precedentes, la región está sufriendo un choque fiscal doble. Por un lado, los ingresos tributarios se han reducido fuertemente de la mano de la caída en los niveles de producción y consumo, y por el otro, los gastos han subido significativamente dada la necesidad de blindar las economías para prevenir su colapso absoluto y prepararlas para entrar a una fase de recuperación lo antes posible. El efecto neto de la caída de los ingresos y el incremento del gasto ha sido el deterioro considerable de los balances fiscales regionales, marcado por enormes subidas tanto en los déficits como en el endeudamiento público requerido para solventar esos déficits. Esto ha generado mucha preocupación entre aquellos que consideran que las medidas extremas adoptadas por los gobiernos y el consecuente debilitamiento fiscal eventualmente le podrían pasar factura a los países involucrados generando periodos de inestabilidad y crisis en el futuro. A pesar de que los gobiernos actuales son conscientes de esos riesgos, pareciera ser que consideran que es necesario asumirlos en el corto plazo. Después de todo, es más importante atender las necesidades inmediatas del paciente antes que preocuparse por los efectos secundarios que las acciones correctivas de hoy podrían tener mañana.

La pandemia no solo está golpeando a América Latina con firmeza, pero todo hace parecer que la dejará debilitada una vez que llegue su ansiado fin. Aunque la recuperación quizás sea desigual, la ingenuidad y fortaleza de América Latina sin duda nos da esperanza

Muchas gracias por su atención y hasta pronto.

Este audio se ha preparado con fines informativos solamente, y es una comunicación en nombre de J.P. Morgan Secretees LLC, miembro de FINRA y de SIPC. Las visiones que se describen pueden no ser adecuadas para todos los inversionistas y no constituyen asesoría de inversión personal ni pretenden ser una invitación a ofertar, ni una recomendación. Las perspectivas y rentabilidades pasadas no son garantía de resultados futuros. Este no es un documento de análisis de inversiones. Favor de leer otra información importante, que puede encontrarse aquí: www.jpmorgan.com/LAPdisclosures

Así como hace medio milenio virus desconocidos en América Latina arrasaron con poblaciones indígenas, un nuevo virus global ha convertido a la región meridional en el epicentro de una pandemia. Hasta el momento, hay un millón y medio de casos confirmados de COVID-19 en América Latina y los expertos advierten que la cifra real podría ser mucho mayor.

Hoy haremos una evaluación del extraordinario daño humano y económico que el virus le está propinando a América Latina, así como de las consecuencias a largo plazo que ese daño podría tener en una región que de un tiempo a esta parte, sin intención ni pretensión alguna, se ha ubicado en el ojo mismo de la tormenta. Escuche el análisis completo en el audio de esta semana: “En el ojo de la tormenta”. 

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