Hagamos una evaluación de la experiencia china para determinar si el gigante asiático—primero en sufrir los estragos del COVID-19 y en reanudar una relativa normalidad—podría servir como ejemplo para el resto del mundo.

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En un contexto sumamente fluido e incierto, pretender medir el impacto económico que una crisis podría tener en la economía global, regional o de un país en particular es un ejercicio frustrante y, por qué no decirlo, potencialmente inútil. Pero el deseo de predecir el futuro siempre está presente, y es por ello que dedicamos vidas enteras a tratar de hacerlo. El mundo está atravesando un periodo muy duro y desafiante y como parte de esa nueva realidad América Latina se está enfrentado a un enemigo común muy difícil de contener, que no cree en las fronteras políticas y que es capaz de causar daños inconmensurables, tanto físicos, como emocionales, como económicos.

Bienvenidos a una nueva presentación de audio de El Pulso de América Latina. Mi nombre es Franco Uccelli, y soy el Director Ejecutivo y Jefe de Estrategia de Inversiones de Clientes Latinoamericanos de J.P. Morgan Private Bank. Hoy, haremos una evaluación de la experiencia china para determinar si efectivamente podría ser utilizada como un modelo a seguir por el resto del mundo, o si el caso chino es único y por lo tanto imposible de replicar en otros países. 

En la medida en que la crisis sanitaria empieza a ceder y la situación general empieza a normalizarse en China, empezamos a verificar la magnitud del impacto que sufrió su economía en el primer trimestre del año. En base a cifras oficiales, estimamos que a fines de febrero la economía china operaba solamente al 57% del nivel alcanzado previo a la crisis. Conforme la crisis sanitaria se fue controlando, más empresas reanudaron sus actividades y los consumidores aumentaron sus gastos, ayudando así a reactivar la actividad económica. Inicialmente, el avance fue algo lento. Indicadores claves como el consumo de carbón para generar electricidad, la venta de propiedades y la congestión vehicular alcanzaron niveles equivalentes a tan solo 70% de los registrados un año antes. Pero conforme se fue flexibilizando el distanciamiento social, la gente regresó a sus labores habituales y la economía empezó a producir a un 90% del nivel alcanzado antes de la crisis.

Aunque la reanudación de la actividad económica interna es crucial, en el corto plazo China tendrá que confrontar las consecuencias de un colapso en el comercio internacional. Por lo tanto, la medida en que China sea capaz de reactivar la producción domestica será un factor clave para determinar si su economía crece o no en el 2020. A pesar de que una gran incertidumbre hace que sea muy difícil pronosticar el crecimiento de cualquier país, creemos que el resultado más probable es que las empresas chinas se estanquen alrededor del 90% de su producción habitual en el segundo trimestre, antes de que gradualmente se  restablezca la normalidad en el segundo trimestre del año, contribuyendo a que el crecimiento del PIB real de China sea de aproximadamente 1% en el 2020.

La recuperación de la economía china dependerá también en gran parte del respaldo de la política pública. Mientras los legisladores en el mundo desarrollado están haciendo todo lo posible para mitigar la adversidad económica, China aún está tratando de definir cómo enfocar su respuesta a gran escala. La mayor parte del respaldo del sector público chino hasta ahora ha venido del lado monetario. El banco central ha reducido los encajes, recortado tasas de interés, inyectado liquidez en el mercado interbancario y ampliado facilidades de crédito, entre otras medidas. Aunque un estímulo fiscal posiblemente también será necesario, hasta ahora el gobierno solo ha introducido programas de ayuda de menor envergadura. Todo haría parecer, al menos por ahora, que si bien la magnitud del paquete fiscal todavía no está clara, no esperamos que sea del tamaño del que vimos en el 2008–2009, cuando el balance del gobierno general pasó de un superávit a un déficit cercano al 3% del PIB. En el 2019, se calcula que el déficit haya sido de 2.8%, debajo del límite oficial de 3%. Aunque es muy probable que se eleve ese límite, el estímulo fiscal probablemente se limite a entre 2 y 3% del PIB, muy por debajo de lo visto en el 2008–09. Es por eso que cualquier estímulo, independientemente de su tamaño, seguramente se enfoque en los sectores más afectados por la crisis, y no en la economía en general, como se hizo en el pasado.

Todo hace parecer que las estrictas medidas de distanciamiento social implementadas por China han producido los resultados deseados, con el número de nuevos casos y de muertes relacionados a la pandemia contrayéndose rápidamente, y por ende las restricciones sociales están siendo gradualmente eliminadas. Eso debería ayudar a contener la hecatombe económica que la tormenta podría haber causado si esas medidas no hubiesen sido introducidas. 

Aunque se podría decir que China está regresando a la normalidad, sería muy ambicioso presumir que el modelo chino podría ser igual de exitoso en otros países. Para empezar, en China la prueba del COVID-19 ha sido gratuita y de fácil acceso. Eso ha permitido que la gran mayoría de las personas que necesitaron una prueba la obtuvieron. Ese claramente no fue el caso en los países europeos y en los Estados Unidos, donde ha habido demoras masivas a pesar de que es evidente que las pruebas son fundamentales para garantizar el control del brote. Además, todavía se pueden realizar viajes domésticos en los Estados Unidos donde no existe una prohibición general de viajes, sino solo advertencias. Esto aumenta la probabilidad de contagio entre las distintas regiones del país. A diferencia de la mayoría de países, China y otras naciones asiáticas, como Corea del Sur, han utilizado tecnología de punta para realizar seguimientos de los casos confirmados de COVID-19, concentrarse en los brotes epidémicos y dándole seguimiento a aquellos que pudieron haber estado expuestos al virus. Esta práctica será fundamental para garantizar que los pequeños brotes no se conviertan en grandes brotes cuando se abran permanentemente las economías.

Del mismo modo que la estrategia de contención inicial ha sido muy diferente en China que en otros países, como los de América Latina, también lo será la recuperación final. El mundo puede mirar a China y encontrar algunos ejemplos a seguir y otros a evitar, pero las diferencias inherentes entre las naciones, tanto políticas como culturales, son tan profundas que aplicar un mismo remedio en todas partes es imposible. Al final, quizás la única verdadera similitud es la naturaleza del virus en sí, lo que implica que mientras esté activo en algún lugar, sus efectos se sentirán en todas partes.  

Muchas gracias por su atención, cuídense, y hasta pronto.    

Este audio se ha preparado con fines informativos solamente, y es una comunicación en nombre de J.P. Morgan Secretees LLC, miembro de FINRA y de SIPC. Las visiones que se describen pueden no ser adecuadas para todos los inversionistas y no constituyen asesoría de inversión personal ni pretenden ser una invitación a ofertar, ni una recomendación. Las perspectivas y rentabilidades pasadas no son garantía de resultados futuros. Este no es un documento de análisis de inversiones. Favor de leer otra información importante, que puede encontrarse aquí: jpmorgan.com/lapdisclosures

La reanudación de la actividad económica china es un evento crucial en la lucha global contra la pandemia de COVID-19, pero en el corto plazo, el gigante asiático tendrá que enfrentarse a las consecuencias de un colapso en el comercio internacional. Por lo tanto, la medida en que China sea capaz de reactivar la producción doméstica será un factor clave para determinar si su economía crece o no en el 2020.

Aunque se podría decir que China está regresando a la normalidad, sería muy ambicioso presumir que el modelo chino podría ser igual de exitoso en otros países. Escuche el análisis completo en el episodio de esta semana, “¿China como ejemplo?”.

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