El país austral atraviesa momentos que recuerdan a la profunda crisis sufrida en 2001. Casi dos décadas más tarde, muchos consideran que el detonante del nuevo azote financiero ha sido un gradualismo demasiado gradual.

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El deterioro de las condiciones económicas y financieras de Argentina luego de las elecciones primarias del 11 de agosto ha sido rápido e intenso. No solo el resultado de la votación contradijo las encuestas preliminares, las que insinuaron una contienda mucho más reñida, pero también generó gran ansiedad entre los principales agentes del mercado, los que, dado el inesperado saldo de la votación, vieron con gran preocupación el probable retorno del populismo a la Argentina.

 

Bienvenidos a una nueva presentación de audio de El Pulso de América Latina. Mi nombre es Franco Uccelli, y soy el Director Ejecutivo y Jefe de Estrategia de Inversiones de Clientes Latinoamericanos de J.P. Morgan Private Bank. Hoy, haremos un recuento de los factores que provocaron la crisis argentina del 2001, la que resultó en el default más grande de la historia, así como de aquellos que causaron la debacle cambiaria del 2018, la que resultó en el rescate financiero más grande de la historia del Fondo Monetario Internacional.   

 

Los años previos a la gran crisis del 2001 en Argentina estuvieron marcados por una severa recesión, caracterizada por un deterioro simultáneo en el nivel de actividad económica, las finanzas públicas y las cuentas externas. Mientras tanto, el excesivo endeudamiento del gobierno, tanto interno como externo, impulsó las tasas de interés y encareció el costo del crédito, lo que forzó a muchas empresas a cerrar sus puertas, dejando a un sinnúmero de gente desempleada. Un tipo de cambio artificialmente fuerte—resultado de la ola de privatizaciones de los 90s y de la paridad cambiaria establecida por el Plan de Convertibilidad introducido en 1991—severamente limitó el menú de política públicas disponibles para estabilizar la economía. Conforme la situación se deterioró más y más, los argentinos empezaron a perder fe en el gobierno y, en especial, en la convertibilidad cambiaria, generando pánico entre los ahorristas, quienes ante el temor de una devaluación aguda buscaron convertir sus ahorros en pesos a dólares. La corrida bancaria masiva que esto suscitó fue combatida a través del denominado corralito bancario, introducido para evitar la quiebra de bancos incapaces de hacerle frente a retiros masivos. El corralito no solo causó gran incertidumbre e indignación entre los depositantes quienes no podían acceder a su dinero, pero también llevó a un estado de asfixia extrema a la actividad económica.              

 

Fueron dos los factores primordiales que dificultaron la capacidad del gobierno de responder a esta perturbadora situación. El primero fue el impedimento de devaluar la moneda para restablecer la competitividad externa sin romper el esquema de la convertibilidad. El segundo factor fue el alto grado de dolarización de la economía argentina, donde además había un descalce entre los activos y los pasivos bancarios en dólares y no había un prestamista de última instancia. Al final, sucedió lo inevitable, el tipo de cambio fijo colapsó y el gobierno declaro el mayor default soberano de la historia. El peso argentino se depreció de la noche a la mañana, la deuda pública como porcentaje del PIB se triplicó y el gobierno pesificó los activos y pasivos financieros denominados en dólares, pero a paridad y no a la tasa del mercado. En retrospectiva, la pesificación del sistema bancario sirvió para reducir la vulnerabilidad financiera de Argentina, ya que el banco central podría nuevamente actuar como prestamista de última instancia, así como moderar el descalce cambiario, ya que gran parte de la deuda pública también fue pesificada. Aunque con el paso del tiempo se restableció la estabilidad económica y financiera, el costo para el consumidor argentino y para los acreedores del gobierno fue enorme.

 

Casi dos décadas más tarde, en el 2018, una nueva tormenta financiera azotó a la Argentina, pero en esta ocasión no fue un experimento cambiario fallido, sino más bien lo que muchos consideran un gradualismo demasiado gradual lo que detonó la crisis. Por muchos años, gobiernos populistas imprimieron dinero para financiar sus elevados déficits fiscales, lo que inevitablemente impulsó la inflación. Al mismo tiempo, esos gobiernos optaron por fortalecer artificialmente el peso y proteger las reservas del banco central a través de controles cambiarios. El gobierno ortodoxo del Presidente Macri buscó eliminar esas práctica funestas, pero los ajustes tarifarios que introdujo para reducir los subsidios y aminorar el déficit fiscal contribuyeron a mantener la inflación alta. Para neutralizar la descontrolada inflación y la depreciación del peso, el banco central incrementó las tasas de interés a niveles insólitos y vendió miles de millones de dólares de sus reservas internacionales.

 

Consciente de la imposibilidad de contener la crisis sin ayuda externa, el gobierno de Macri negoció un nuevo rescate financiero con el FMI, el más extenso de la institución en toda su historia. Pero para muchos las medidas gradualistas de Macri resultaron ser demasiado graduales, y las tasas de interés más altas del mundo, así como el exorbitante apoyo del FMI, no fueron capaces de mejorar el sentimiento del mercado. Y es por eso que cuando el 11 de agosto, contra toda expectativa, el resultado de las votaciones primarias apuntó a una bastante probable victoria del populismo en las elecciones presidenciales de fin de octubre, el penetrante sonido de las alarmas de los mercados se agudizó aún más. Ante esta compleja situación, la pregunta que muchos se hacen hoy en día es si la combinación de incertidumbre político-electoral, una economía en recesión, inexistente acceso a los mercados de capitales privados y la fuga de divisas harán que la dependencia extrema en el financiamiento del FMI sea suficiente para permitirle a Argentina mantenerse al día en el servicio de su deuda en el corto plazo. Aunque es imposible tener una respuesta definitiva a esa pregunta, todo hace parecer que no existe en Argentina la intención, al menos por ahora, de declarar un mega default como el del 2001, independientemente de quién gané la elección presidencial, algo que en principio debería aplacar la preocupación por el peligro de contagio en la región.

 

Muchas gracias por su atención y hasta pronto.

 

Y ahora, escuchemos una información importante:

 

Este audio se ha preparado con fines informativos solamente, y es una comunicación en nombre de J.P. Morgan Securities LLC, miembro de FINRA y de SIPC. Las visiones que se describen pueden no ser adecuadas para todos los inversionistas y no constituyen asesoría de inversión personal ni pretenden ser una invitación a ofertar, ni una recomendación. Las perspectivas y rentabilidades pasadas no son garantía de resultados futuros. Este no es un documento de análisis de inversiones. Favor de leer otra información importante, que puede encontrarse aquí: www.jpmorgan.com/LAPdisclosures

Escuche el audio con el episodio de esta semana, “Argentina en déja vu”.

El rápido deterioro de las condiciones económicas y financieras de Argentina tras las elecciones primarias del pasado 11 de agosto, trajo recuerdos dolorosos de la crisis del 2001. En aquella ocasión, una corrida bancaria masiva ocasionó la perturbadora situación tristemente recordada como “el corralito”.

Fueron dos los factores fundamentales que limitaron la capacidad del gobierno de atajar la crisis hace casi dos décadas—el impedimento de devaluar la moneda y el alto grado de dolarización de la economía argentina. “Al final ocurrió lo inevitable”, afirma Uccelli. “El tipo de cambio fijo colapsó y el gobierno declaro el mayor default soberano de la historia”.

Una nueva tormenta financiera azota actualmente a la Argentina bajo el gobierno de Mauricio Macri. “En esta ocasión no fue un experimento cambiario fallido, sino más bien lo que muchos consideran un gradualismo demasiado gradual lo que detonó la crisis”, dice Uccelli.

Consciente de la imposibilidad de contener la crisis sin ayuda externa, el gobierno de Macri negoció un nuevo rescate financiero con el FMI, el más extenso de la institución en toda su historia. Cuando el 11 de agosto el sorpresivo resultado de las votaciones primarias apuntó a una probable victoria del populismo en las presidenciales de octubre, la alarma del mercado se agudizó. “Aunque es imposible vaticinar si el doloroso pasado podría repetirse en esta ocasión, todo hace parecer que no existe en Argentina la intención de declarar un mega default como el del 2001”, concluye Uccelli.